1 sep. 2008

¿QUIÉN LE ARMA LA AGENDA? ¿QUIÉN LE ESCRIBE EL LIBRETO?


Desde el 10 de diciembre pasado la ciudadanía argentina espera con ansias que la presidente electa empiece su período de gobierno. Por desgracia, parece que todo lo que se decía de Cristina Fernández mientras era candidata no era más que un “globo inflado”. A nueve meses de empezar su mandato la señora no ha dado todavía ningún indicio de su tan mentada “inteligencia” y capacidad de gestión, con la que los acólitos y adherentes adornaban sus cualidades físicas. Al parecer, toda su energía y sus neuronas se agotaron en sus anteriores períodos de legisladora y funcionaria.

A pocos días de la pomposa asunción (con vestido copiado a la mucho más joven princesa Letizia de España) se desató el escándalo de la valija con los petrodólares del sufrido pueblo venezolano, que el tirano Chávez administra a su antojo. Unos meses después, la mafia mexicana de la droga hizo asesinar a tres jóvenes empresarios vinculados a la campaña presidencial con significativos aportes, que levantarían sospechas sobre sus relaciones cercanas con el poder K. A esto se suman otra serie de conflictos y escándalos que desnudan las verdaderas intenciones del kirchnerato.

De lo que no parece haber duda es que la reina Cristina no solamente no tiene ni la más mínima idea de lo que significa gobernar un país, sino que tampoco tiene la más mínima preocupación por hacerlo. Ni una sola idea original o de su propia elaboración se ha escuchado en sus hemorragias verbales frente a los micrófonos de los actos públicos, especialmente los autoconvocados. Obviamente está ocupada atendiendo las indicaciones de sus asesores de imagen o siguiendo sus propios caprichos de “fashion victim”, como la han bautizado en las columnas de moda de distintos medios.

Si sus intenciones reales al acceder a la presidencia eran desfilar por la pasarela a fin de impactar a sus súbditos, debió encarar la política de otra manera. Resulta tan lastimoso soportar a un funcionario “vedette” como a una “vedette” haciendo de funcionaria, poniendo por caso el de una conocida italiana de origen húngaro que llegó a la Cámara para promocionarse. Sin embargo, no perdamos las esperanzas de que Cristina empiece a gobernar en algún momento dentro de los próximos tres años, aunque para ello habría que poner manos a la obra inmediatamente.

A la tropa encargada de armarle la agenda diaria habría que recordarle que los presidentes responsables del mundo civilizado llegan a sus puestos de trabajo durante las primeras horas de la mañana y se retiran temprano, para poder descansar y estar lúcidos para las actividades del día siguiente. Con la presidenta Fernández ocurre todo lo contrario: su día comienza generalmente a las 16 horas, y sus citas con funcionarios extranjeros se extienden hasta pasadas las 21, horarios a los que estos funcionarios no están acostumbrados, por ser gente de trabajo.

También habría que recomendarles a los “agenderos” que un presidente preocupado por la realidad de su pueblo se toma la molestia de visitar a sus gobernados, y por lo tanto sería deseable que la señora saliera de gira por las distintas provincias del país, por lo menos una vez al mes, pero no para inaugurar cloacas o maquetas sino para interiorizarse sobre la situación y los problemas que aquejan a sus habitantes y abocarse a su solución.

Además debería reunirse con el gabinete en pleno por lo menos una vez por semana, a los fines de informarse sobre la marcha de las distintas áreas de gestión y supervisar la tarea de cada uno de los funcionarios bajo su mando. Una vez por mes debería comunicarse con los argentinos mediante una conferencia de prensa a donde puedan acceder todos los medios nacionales y los acreditados en el país, informando puntualmente sobre sus actividades en los pasados treinta días y sobre lo proyectado para los próximos treinta.

En cuanto a los “libretistas” del entorno presidencial, sería deseable en primer lugar que conocieran cabalmente el idioma castellano en el que le escriben los discursos, ya que la presi parece no conocer –por lo menos en profundidad- ninguna lengua, ni propia ni extranjera. En segundo término, tendrían que recomendarle citas de autores que realmente conozcan, de modo que al citar la fuente no confundan el autor o no lo enlacen con una frase que nunca dijo, un libro que nunca escribió o una intención que nunca tuvo.

Con el paso del tiempo queda cada vez más en evidencia la importancia de saber escoger a los asesores presidenciales, no solamente a los de imagen. Los “agenderos” deben hacer parecer que la presidente está ocupada en asuntos de real trascendencia para la vida nacional. Los “libretistas”, a su vez, se deben preocupar porque la señora parezca conocer, no solamente los vericuetos de la oratoria fingida, sino muy especialmente las infinitas posibilidades de su lengua madre, ya que tenemos muy en claro que los señores presidentes no pierden tiempo escribiendo sus propios discursos.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz