28 jul. 2009

LA NACIÓN - EDITORIAL I

28/07/09

El Mercosur faltó a su propia cumbre
La última reunión del bloque regional, en Asunción,

lo mostró más cerca de América Central que del Río de la Plata

De un tiempo a esta parte, el Mercosur despierta pocas expectativas fuera de su área de influencia y muchas críticas en sus propios miembros. A 18 años de su creación, el bloque regional dejó de ser, por lo menos en el ideario popular, la semilla del símil de la Unión Europea con la cual pretendió ser concebido. Las asimetrías denunciadas en forma cada vez más frecuente por los socios menores, Uruguay y Paraguay, todavía no encontraron solución ni, en principio, desvelan a Brasil y la Argentina, más concentrados en sus diferencias que en las cuestiones regionales.

Excepto acuerdos bilaterales de envergadura que se trataron al margen, como la renegociación de Paraguay con Brasil de los beneficios de la central hidroeléctrica Itaipú, poco y nada dejó la XXXVII Cumbre del Mercosur, realizada en Asunción.

En lo único en que se pusieron de acuerdo los presidentes, una vez que Cristina Kirchner se dignó a sumarse a ellos media hora después de lo previsto fue en expresar por enésima vez su "enérgica" condena al golpe de Estado perpetrado en Honduras.

En eso, más allá de la importancia de abogar por la democracia en América latina con la cual nadie disiente, los presidentes invirtieron un tiempo precioso. Después de los pronunciamientos de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas, el Mercosur pudo haber emitido una declaración conjunta de apoyo al presidente depuesto, Manuel Zelaya, y abocarse a sus propios asuntos.

Para otra ocasión quedaron, sin embargo, las trabas económicas que advirtió el presidente Tabaré Vázquez, pronto a terminar su gobierno. Uruguay asumió la presidencia pro témpore del Mercosur con la premisa de impulsar propuestas vinculadas con el comercio interno, la circulación de bienes de otras zonas, las asimetrías entre los países miembros, la negociación externa y los proyectos estratégicos.

Es difícil que, en plan de lucirse, un presidente sobresalga por plantear en un foro de este tipo la eliminación del doble cobro del arancel externo común. De no convencer a los otros miembros, entre los cuales el más perjudicado sería Paraguay por no tener puertos marítimos, Uruguay rubricaría un acuerdo con Brasil.

El tema no llegó a tratarse de ese modo. ¿Dónde queda el Mercosur, entonces? Más cerca de América Central que del Río de la Plata, al parecer. En los últimos años, cada país actuó por su cuenta y, en cierto modo, prescindió del bloque. Influyó en ello la falta de instituciones capaces de coordinar políticas comunes. Influyó, también, el sesgo político de los gobiernos: Luiz Inacio Lula da Silva y Tabaré Vázquez no tuvieron inconveniente en recibir la visita de George W. Bush mientras Néstor Kirchner le facilitaba un estadio a Hugo Chávez para denostarla.

Venezuela espera que el Senado de Brasil, al cual Chávez ha insultado, y el Congreso de Paraguay, en el cual el presidente Fernando Lugo no tiene mayoría, aprueben su ingreso en el bloque, lo cual guarda más relación con los intereses coyunturales que con la cercanía cultural y política.

En casi dos décadas de existencia, el Mercosur tuvo algunos aciertos: sirvió para atemperar las disputas entre la Argentina y Brasil. En la costumbre de arroparse en él está el dilema: lo bilateral no tiene por qué ser un asunto regional.

De los cuatro países que fundaron el Mercosur, Brasil siempre ofreció resistencia a la creación de organismos regionales. Lula, cuyo mandato terminará el 1° de enero de 2011, no tendrá el honor de haber consolidado el bloque, porque, en cierto modo, se ha valido de él, sin boicotearlo, para proyectar a su país con una posición de líder regional que, hasta ahora, no había asumido.

Esa posición le permitió ser un actor global de primer orden, al punto de sentarse a la mesa de los grandes líderes. Su socio principal en el bloque, la Argentina, optó por recluirse en su territorio, envuelto en infinitas disputas domésticas, y asomar la nariz sólo para las causas en las cuales hubo interés de Chávez, como la liberación de rehenes de las FARC, a la cual acudió Néstor Kirchner, y el retorno de Zelaya a Honduras, al cual acudió Cristina Kirchner. Lamentablemente, las buenas intenciones no se concretaron en los hechos.

No conformes con el Mercosur y su hasta ahora poco eficaz parlamento, el Parlasur, así como con otro bloque regional en apuros, la Comunidad Andina de Naciones (CAN), los países sudamericanos abrazaron la creación de la Unasur. Otra superestructura de función incierta, excepto incorporar en las agendas presidenciales cumbres y más cumbres, luego capitalizadas por asuntos que, como el preocupante golpe de Estado en Honduras, tienen su tratamiento en los ámbitos que corresponde y vacían de contenido foros que deberían ocuparse de sí mismos. En Asunción, como sucedió en otras capitales, el gran ausente terminó siendo el propio bloque convocante.

23 jul. 2009

¡AMNISTÍA!


A los descendientes, ascendientes, parientes y amigos de las personas asesinadas por los terroristas se les revuelven las entrañas cuando se habla de amnistiar esos crímenes. A los parientes y amigos de guerrilleros muertos les pasa lo mismo. En la década del 90, el Presidente decretó la amnistía y bajó las tensiones. Se reabrieron las heridas y se avivó el resentimiento cuando el actual gobierno la anuló e inició la caza de brujas y los encarcelamientos.

El diputado electo Gil Lavedra sostiene que las autoridades constitucionales y las posteriores que reprimieron la guerra subversiva deben ser castigadas, pero que los asesinatos de los terroristas no son delito. Es un desatino, que va contra la imparcialidad de la justicia y el sentido común. No puede justificarse con interpretaciones mañosas de las leyes.

Políticos marginales como ese diputado insisten en la venganza, pero la ciudadanía no quiere revolverse en el pasado. Quiere la paz interior y para ello debe legalizarse la amnistía que fuera ilegítimamente anulada.

El nuevo Congreso debe impulsar el tema. Un mecanismo constitucional es someter a consulta popular un proyecto de ley de amnistía. Si el voto del pueblo es afirmativo, se convierte en ley y su promulgación es automática.

Alentar el rencor impide la paz interior y la vida en armonía social.


Dr. Marcelo Castro Corbat

segundarepublica@fibertel.com.ar
http://segundarepublica.blogspot.com

20 jul. 2009

¿EXISTE EL PERONISMO?

Perón en su primera presidencia basó su mensaje en la justicia social y arrasó electoralmente. El poder del peronismo trastornó la política nacional y en seis décadas se produjo el empobrecimiento de los trabajadores. Se designan herederos del peronismo:- Kirchner, que trató de eliminarlo con la transversalidad; como fracasó, ahora canta la marcha peronista;- Terroristas ahora en el poder, que combatieron y quisieron matar a Perón;- La poderosa y corrupta corporación sindical, apoyando a cualquier gobierno que la compense e impida la libertad de asociación;- Disidentes seguidores del Perón de la tercera presidencia, sin los abusos de la primera;- Gobernadores fuertes que hacen alianzas electorales enigmáticas;- Piqueteros y barones del conurbano que buscan sus propios beneficios;- Empresarios asociados al Poder.

Todos se consideran herederos legítimos de Perón, pero entre ellos se desconfían, se denigran o se odian, llegando a matarse. El peronismo o justicialismo es una masa electoral en disgregación, que terminará siendo recuerdo de sentimentales, como pasó con el radicalismo yrigoyenista que se dividió en dos partidos enfrentados, después se ideologizó con una social- democracia confusa y terminó sin significación política. Líderes y herederos.

Los justicialistas aportarán un fuerte apoyo a la prosperidad del pueblo cuando los herederos se fragmenten con sus irreconciliables diferencias.


Dr. Marcelo Castro Corbat

segundarepublica@fibertel.com.ar
http://segundarepublica.blogspot.com

14 jul. 2009

LA PEOR HORA DE K

Marcos Aguinis


No es bueno hacer leña del tronco caído, suelen decir los sabios. Pero en la Argentina hierve esa tentación. Néstor Kirchner se ha obstinado en provocar tanto daño a nuestra institucionalidad para mantener su hegemonía, que resulta difícil contener la catarata de fobia que ya suscita su sola presencia. Ahora es necesario mantenerse atentos contra los embates ciegos que nazcan de su rabia. La Argentina necesita gobernabilidad, paz interior y medidas consensuadas para hacer frente a los monumentales problemas que se alzarán en el futuro próximo.

Para ordenar el cúmulo de temas que inspira la severa derrota sufrida por el oficialismo y las consecuencias que colorean el horizonte, empezaré por el protagonista central de la batalla que tuvo lugar en el reciente comicio: Kirchner.

Es un hombre que apareció en la política pocos años después de haberse recuperado la democracia. Antes había tenido una pálida e irrelevante participación en los movimientos de la izquierda comandada por Montoneros y luego se escondió en la remota Santa Cruz con su reciente título de abogado para hacer fortuna mediante la ejecución de hipotecas. Como es sabido, la ejecución de hipotecas suele terminar con el arrebato de heladeras, muebles y hasta casas de quienes no pueden pagar sus deudas. Ahí no funcionan los principios de la clemencia ni de la justicia social. Lo acompañó en este trabajo su esposa Cristina Fernández. Para evitar cualquier riesgo -o quizás por oportunismo- jamás firmó él ni ella un solo habeas corpus para defender a alguien perseguido por la dictadura, y esto marca una notable diferencia con numerosos profesionales que en aquel tiempo se jugaron la vida en favor de sus semejantes. Además, cultivó buenas relaciones con los oficiales destacados en Río Gallegos, lo cual no implica delito, sino un asombroso contraste con el odio que luego lo invadió contra todos los uniformados y hasta la misma institución nacional de las Fuerzas Armadas.

Se convirtió en un hombre muy rico. Le importaba aumentar de forma contínua su patrimonio. Se le arraigó la cultura de la especulación y nunca entendió la cultura de la producción. Para él uno acumula cuando quita algo a otro, no cuando invierte, pierde, vuelve a invertir, suda, persevera y obtiene finalmente una ganancia. Se le consolidó una incomprensión ciega hacia el campo -que no conoce- y todo tipo de producción vinculada con el riesgo y la limpia competencia -que jamás practicó.

Fue intendente y más adelante gobernador. Como gobernador desarrolló todos los males que reproduciría en mayor escala como Presidente. Recuerdo que antes de asumir fue publicado un artículo de investigación periódística sobre "El feudo de Santa Cruz". Ahí se denunciaba el autoritarismo desembozado de Kirchner y su voracidad por el poder absoluto. Había modificado la Constitución provincial para llegar a ocupar el sitial de gobernador durante tres períodos seguidos. Cuando le entregó el mando a su sucesor, porque debía partir hacia la Capital Federal como Presidente, dijo que "le prestaba" la provincia. Es un chiste y, como todo chiste -lo sabemos desde Freud- carece de inocencia. Modificó el Tribunal Supremo para que no le condicionara sus caprichos. Manipuló a la prensa. Hizo difícil la vida de los opositores. Convirtió a su esposa en senadora de la Nación. Y zalameó a Carlos Menem como "el mejor Presidente argentino" para obtener sus favores. Hacia el ocaso de Menem empezó a manifestar, junto con Cristina, cierto aire diferencial, con la vista puesta en los nuevos y aún inciertos tiempos que se venían. Ese artículo de investigación molestó mucho al matrimonio, que no estaba acostumbrado a recibir críticas y jamás se había mirado en el espejo.

Como Presidente aumentó su tendencia a la crueldad y el arrebato. Abofeteó a diestra y siniestra. No hubo casi sector que no recibiese sus agravios: inversores extranjeros, Fuerzas Armadas, jueces, periodistas y medios de comunicación, empresarios nacionales, políticos opositores. Sólo se cuidó con los sindicatos. Y pretendió convertirse en el adalid de los Derechos Humanos mediante la alianza con figuras lamentables como Hebe de Bonafini y la persecución excluyente de militares, sin ocuparse de los delitos de lesa humanidad realizados por organizaciones terroristas, como determina la Corte Penal Internacional. En síntesis, creció exacerbando el odio entre los argentinos, un mal de larga tradición que había comenzado a ceder a partir del Preámbulo constitucional que recitó Alfonsín en su campaña y los esfuerzos por ajusticiar sólo a los principales responsables de la tragedia vivida por nuestro país, con el deseo de llegar a un nuevo Acuerdo de San Nicolás (que se adelantó en un siglo a los Pactos de la Moncloa). El objetivo era poner las máximas energías en el futuro, no en el pasado. Kirchner, a la inversa, procuró que vivamos en el pasado, cargándonos de resentimiento e insatisfacción, para mandarnos con su omnipotente voluntad. Y mantenernos ciegos ante el futuro. Por eso jamás expresó un sueño sobre la Argentina ni puso en marcha ninguna política de Estado.

Consiguió transformarse en la figura central del país. Llegó a ser casi un rey absolutista, para quien no hay diferencias entre su persona, el Estado y el gobierno. Jamás reunió al gabinete, ni respondió a preguntas de la prensa, ni dialogó distendido con nadie que pensara de otra forma. Manipuló directa e indirectamente a la prensa, que quedó prisionera de la pauta publicitaria oficial; logró que amigos obsecuentes se adueñasen de diarios, revistas, radios y canales de TV. Creó el "capitalismo de amigos" mediante privilegios a quienes estaban dispuestos a ser sus socios, o cómplices, o testaferros, o donantes. Compró diputados, como el sonado asunto de la "borocotización". Marginó al peronismo para ensayar la transversalidad y luego, al percibir su fracaso, se apoderó del partido, aunque ya no era el partido de otros tiempos. Tuvo la desfachatez de designar su sucesor en la Presidencia de la Nación como si viviésemos en una monarquía, sin siquiera simular algo parecido a una elección interna. Y esa designación traía el pecado del más arcaico nepotismo. Convirtió a la Argentina en un país desconfiable y oscilante. Que en la Cumbre de las Américas ayudó a la fabricación de una Anti-cumbre comandada por el monigote de Hugo Chávez. Se rodeó de funcionarios corruptos. Transformó al Consejo de la Magistratura en el patíbulo donde se degollaría a jueces y fiscales que se atreviesen a juzgar los desaguisados del gobierno. Hubo escándalos en cadena que no se esclarecen: los cientos de millones de los fondos de Santa Cruz aún sumidos en el misterio, el caso Skanska, los maletines de Antonini Wilson para la campaña de Cristina, el bolso de la ministra de Economía, los negocios de Jaime, los negocios de De Vido, los negocios del juego, las irregulares compras de tierra en el Calafate, y otros numerosos asuntos que deberían ser motivo de serias investigaciones y sanción.

Por fin, llegamos a los recientes comicios parlamentarios. Insisto: parlamentarios. Pero Kirchner quiso hacer de ellos un plebiscito que le inyectara más fuerza a su autoritarismo insaciable. Con el propósito de saltearse la atmósfera negativa que reinará en el segundo semestre de este año por el aumento de la inflación y el descalabro financiero que padecerán todas la provincias, él decidió efectuarlas seis meses antes. Pero, además, se le ocurrió una idea que será incorporada al Libro Guinness de los hechos extraordinarios: las candidaturas testimoniales. Asombroso. Es un agravio no sólo a la Constitución, sino el principio más antiguo del acto comicial. Se trata de un absurdo irrefutable que alguien se presente como candidato para un cargo público, que deberá ser refrendado por el pueblo, con el propósito de no asumirlo. Cosa semejante no se ha visto en el mundo. Es propio de un sainete. El sainete en que Kirchner convirtió a estas elecciones para ganar a toda costa. Inclusive obligó al gobernador de la provincia de Buenos Aires, la más poblada del país, a violar un artículo de su misma constitución, cosa que en un país serio alguna vez deberá ser debidamente castigada. Si Kirchner pudo cometer semejante mamarracho con el gobernador, no iba de dejar de exigirle la misma desvergüenza a los intendentes, forzándolos a ser también candidatos testimoniales.

Pese al "clientelismo" que llevó a su pináculo con regalos, inauguraciones y re-inauguraciones, besos a cualquier humano o cosa que se le pusiera delante, forzar su risa, sonrisa y tono de voz sereno tan lejanos de su carácter, ¡perdió en todas partes! No sólo en la provincia de Buenos Aires, el único reducto que le permitiría presentarse como ganador aunque se le esfumase la mayoría en el Congreso, sino en su natal Santa Cruz. Pero una ofensa mayor se la abofetearon los intendentes a quienes había exigido presentarse como testimoniales, porque hubo demasiados cortes de boleta en la que los ciudadanos perdonaban el pecado de los intendentes, pero no quisieron votar por Kirchner. Ya corren rumores de que en el mismo Hotel donde esperaba los resultados, su mentalidad paranoide comenzó a calificarlos de traidores. Gritaba enfurecido y ordenó apagar el aire acondicionado para que se fuese la prensa, porque no quería hablar. Lograron ranquilizarlo un poco y hacerle entender que debía hablar, aunque ya eran más de las 2 de la madrugada. Su discurso amargo fue aceptable. Y prometió ayudar a la gobernabilidad. No dijo, claro, que esa gobernabilidad dependerá de un cambio de estilo: respeto, diálogo y consenso.

Pese a su derrota, Néstor Kirchner será diputado de la Nación. Si aún queda un poco de racionalidad en la filas del peronismo (ahora más dividido que nunca), es difícil que lo conviertan en jefe del bloque oficialista. Seguro que habrá tironeos y muchos sobornos en danza para conseguirlo. Pero quizás esa primera minoría, pese a maniobras de todo color, sufra pronto numerosas deserciones. La lealtad peronista sólo dura mientras dura el poder de un determinado jefe. Cuando ese jefe es cambiado por otro, se produce un acelerado reacomodamiento. ¿Acaso en los ´90 no eran todos menemistas? ¿Acaso después no fueron duhaldistas?

La ciudadanía debe contribuir a la paz interior. No dejarse seducir por llamados a la violencia, vengan de donde vengan. Es necesario que enfrentemos los problemas que nos deja la gestión kichnerista con la esperanza de poder superarlos. La nueva composicion del Congreso tiene el deber moral de reencauzar la República hacia los caminos que la hicieron grande. Con estímulos a la productividad, con ideas oxigenadas, con verdadero patriotismo.


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7 jul. 2009

EL MERCURIO, Santiago de Chile

Lunes 6 de julio de 2009

LA HUMILLACIÓN DE LOS KIRCHNER

Perdieron por lejos en las más pobladas provincias y en varias otras, incluso en Santa Cruz, que gobernaron por años. El oficialismo quedó en minoría en ambas cámaras del Congreso y el ex Mandatario se vio forzado a renunciar a la presidencia del justicialismo. Dejaron el gabinete sólo el ministro de Transportes, por inminente procesamiento en un caso de corrupción, y la antes renunciada ministra de Salud, que había solicitado más recursos para combatir el dengue y reconocer la emergencia nacional por influenza humana (hasta antes de la elección, se admitían oficialmente algo menos de mil 600 casos; tras ella, el nuevo ministro anunció que eran más de 100 mil; ante la molestia de la Presidenta, prontamente matizó esa cifra).

Muchos estiman que la principal causa de este rechazo generalizado es el autoritarismo del matrimonio gobernante y de su círculo íntimo. Otros agregan su resistencia para relacionarse con otras corrientes del justicialismo, la inseguridad pública, la corrupción, inepcia para controlar la crisis económica y de salud, el despilfarro de oportunidades, los enfrentamientos con el agro, el despojo del patrimonio del sistema de pensiones, la inflación, el aislamiento externo, las inequidades y trabas a los inversionistas extranjeros y otra serie de desaciertos.

Pero también les salieron al frente decididos opositores al kirchnerismo y mejores candidatos, como Felipe Solá, ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires; Carlos Reutemann, ex gobernador de Santa Fe y hoy senador, y Mauricio Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, todos aspirantes a la Presidencia. Destacable es el caso de De Narváez, que tiene el límite constitucional a la Presidencia por haber nacido en Colombia, pero que será decisivo para garantizar la gobernabilidad y determinar al candidato del peronismo en 2011, a menos que se adelante la convocatoria presidencial. El Vicepresidente Julio Cobos, ex radical y que antes rompió con la Presidenta, es otro favorecido con los resultados y también postulante con posibilidades a la primera magistratura.

El balance de los Kirchner parece ser distinto: dicen haber triunfado en la mayoría de las provincias y que la suma de los votos obtenidos por el Frente para la Victoria supera individualmente a las alianzas opositoras. Pero el paso de los días va demostrando que, como antes, la lealtad de los caudillos peronistas, de los gobernadores e intendentes de esa tendencia, se traspasa fácilmente a los vencedores. Kirchner ha perdido la imagen de invencible, y tanto más ahora, con menos recursos para asegurar la dependencia de los barones provinciales y de su reducto en la Provincia de Buenos Aires.

Tras el desconcierto inicial por la inesperada derrota, la Mandataria y su cónyuge hicieron declaraciones conciliadoras, pero sus actitudes posteriores y la ausencia de cambios efectivos en el gabinete hacen pensar que creen continuar contando con capacidad para imponerse.

A mediano plazo, muchos esperan que la conciencia de los graves problemas que padece Argentina y el espíritu constructivo de los principales vencedores -Reutemann, De Narváez, Macri, Solá y el Vicepresidente Cobos- conducirán a un gobierno de algún consenso nacional y menos fundado en el populismo y en la peligrosa división entre incondicionales y enemigos -bases de la política kirchnerista.

No obstante, existe el temor de que la actual legislatura, de ensombrecida legitimidad, ignore los resultados y sus consecuencias políticas y siga procediendo como antes, delegando facultades extraordinarias en la Jefa de Estado. Entretanto prevalecen la incertidumbre y un vacío de poder que pueden traer negativas consecuencias a un país estancado por la crisis económica, bajo un liderazgo derrotado.

Honduras: del ultimátum a las negociaciones

El ultimátum planteado a Honduras derivó en fracasadas negociaciones del secretario general de la OEA: el gobierno provisional no aceptó la reposición en el poder del destituido Presidente Manuel Zelaya, tras lo cual se declaró la suspensión de ese país. Ayer, en un avión facilitado por el Presidente de Venezuela, Zelaya intentó reingresar a Honduras, pese a que la Iglesia de ese país lo había instado en contrario, para evitar un eventual derramamiento de sangre en una crisis que hasta ahora era incruenta. Su intento (frustrado por la negativa del gobierno provisional a permitir su aterrizaje) provocó disturbios cuando decenas de partidarios de Zelaya se congregaron en las afueras del aeropuerto y se enfrentaron a las fuerzas policiales. Versiones al cierre de esta edición señalaban que habría al menos un muerto.

Tras el inicial respaldo internacional a Zelaya, surgieron temores de que el real beneficiario y protagonista mediato de los acontecimientos resulte ser Hugo Chávez. La destitución de aquél sin juicio político es reprochable, pero también lo fueron sus desacatos para llevar adelante un referéndum inconstitucional, que le habría permitido perpetuarse en el poder como lo han hecho Chávez, Morales y Correa, sus aliados junto con el Presidente cubano. También cabía considerar la impopularidad y la agenda del Presidente depuesto, lo incruento de su destitución, el respaldo popular a la asunción de un gobierno civil que cumplió ciertas formalidades constitucionales, y la desproporcionada reacción externa.

Una negociación discreta por EE.UU., que no podía compartir una solución con visos de hecho por el Congreso de Honduras, pero tampoco un retorno de Zelaya para eternizarse, según la agenda chavista, puede haber influido para que el Presidente provisional diera a entender que podrían abrirse a fórmulas para resolver la situación -aparentemente sin Zelaya.

6 jul. 2009

ROBERTO CACHANOSKY

El modelo está tan agotado, como Kirchner lo está políticamente

La crisis actual de la Argentina no es resultado de que el kirchnerismo se apartó del modelo económico o no supo profundizarlo. Más bien, es consecuencia de una concepción del mercado destinada al eterno fracaso.


Ante la estrepitosa derrota electoral de Kirchner en las elecciones del 28 de junio, he leído dos posiciones sobre el famoso modelo. El oficialismo dice que hay que profundizarlo, por otro lado, hay varios economistas que fueron defensores del modelo y hoy critican al matrimonio diciendo que hay que volver al modelo original del que se desvió Néstor Kirchner. La pregunta es: ¿qué es el modelo? ¿En qué consiste el famoso modelo?

Desde mi punto de vista, para Kirchner y su esposa, el modelo es un instrumento económico que se subordinaba a tener la suficiente caja que les permitiera disciplinar a gobernadores e intendentes. Para eso necesitaba dos cosas: a) un tipo de cambio real alto que le permitiera incrementar la recaudación vía los derechos de exportación y b) matar con impuestos a la porción de la población que trabaja en blanco, marginando a amplios sectores de la población del mercado formal.

El tipo de cambio real alto exigía tener el suficiente superávit fiscal para comprar divisas y sostener el dólar en el nivel deseado por el gobierno. Ese superávit nunca existió por varias razones, pero, fundamentalmente, porque el disparatado incremento del gasto público hacía inviable financiar el tipo de cambio alto con recursos genuinos. Y ese disparatado aumento del gasto público tuvo que ver con el proyecto hegemónico del kirchnerismo. Por lo tanto, el modelo se transformó en un creciente impuesto inflacionario para comprar dólares, inflación que intentó disimularse con subsidios (más gasto público), aprietes de Moreno (desincentivando la inversión) y dibujando los índices de precios (escondiendo la pobreza, la indigencia y defaulteando parte de la deuda pública ajustada por el CER), además de otras calamidades.

¿Qué significaría, entonces, profundizar el modelo según el matrimonio? ¿Establecer más controles de precios? ¿Estatizar el comercio exterior? ¿Seguir emitiendo para generar inflación y esconderla detrás de índices falsos? ¿Otorgar más subsidios para no aumentar las tarifas de los servicios públicos haciendo más infinanciable el gasto? ¿Confiscar más ahorros como los de las AFJP? ¿Anunciar planes de créditos para inquilinos que nunca se concretaron? ¿Anunciar planes para la compra de autos, camiones, bicicletas y calefones que no movieron el amperímetro? ¿Arremeter contra el campo hasta destruirlo, al igual que lo que se hizo con el sistema energético y avanzar sobre otros sectores productivos? Si la profundización del modelo es todo esto más otras barbaridades económicas y ausencia de respeto por los derechos de propiedad, la economía argentina se deslizaría hacia una desinversión más profunda. Y como el salario real depende de la tasa de inversión, la profundización del modelo solo generaría más pobreza, inflación y fuga de capitales. Profundizar el modelo kirchnerista es llevar al país a un caos social y niveles impensados de pobreza e indigencia. Aún superiores a los que hasta ahora consiguió el modelo.

La realidad es que el modelo de Kirchner que supuestamente quiere profundizar, tiene dos graves problemas. En primer lugar es intrínsecamente inconsistente porque exige de niveles de gasto público cada vez más altos que son infinanciables para sostener su proyecto de poder. Por lo tanto, requiere de emisión monetaria que se come el tipo de cambio real, matando el modelo en su parte del eufemismo de tipo de cambio competitivo. En definitiva, el famoso modelo se basa en salarios bajos.

El segundo problema es que, para aplicarlo, Kirchner necesita adoptar medidas arbitrarias que producen incertidumbre e inseguridad jurídica, espantando la inversión. El famoso modelo es la anti inversión por definición y la anti producción por definición. En resumen, es anti prosperidad.

Veamos ahora a los economistas que impulsaron este modelo y rápidamente pretenden despegarse del fracaso argumentando que fue Kirchner el que se desvió del modelo original. ¿Qué los diferenciaría de Kirchner? Este grupo de economistas quiere un dólar caro, pero saben que necesitan un superávit fiscal alto para comprar con recursos genuinos las divisas necesarias que sostengan el tipo de cambio por encima del nivel de mercado. Aceptando que estos economistas no tienen aspiraciones hegemónicas como Kirchner, la pregunta es: aún sin esa desmedida ambición de poder de Kirchner, ¿es viable el modelo del dólar caro?

La respuesta es muy amplia, pero voy a tratar de resumirla. Por definición un modelo de dólar caro va a tener superávit de comercio exterior, por lo tanto, el superávit fiscal tiene que ser, por lo menos, equivalente al superávit de balance comercial para disponer de recursos genuinos que sostengan el tipo de cambio sin necesidad de aplicar el impuesto inflacionario. De por sí, el modelo requiere de un fabuloso esfuerzo fiscal, con un gasto público muy controlado y una presión impositiva elevada. Pero, además, si ingresaran capitales, el esfuerzo fiscal debería ser mayor, porque todo ingreso de capitales, que incentivara las inversiones, haría bajar el tipo de cambio. Para ello el gobierno tendría que neutralizar esa tendencia a la baja con más superávit fiscal, o sea, menos gasto, más impuestos o una combinación de ambos. El ingreso de capitales conspira contra el modelo. La fuga de capitales ayuda al modelo. Una burrada económica monumental.

Al mismo tiempo, un dólar caro cierra la economía a la competencia externa porque hace caro los productos importados, desincentivando la inversión y los aumentos de productividad. Es un modelo que, aún cerrando por el lado fiscal para sostener el dólar competitivo, es claramente anti competitivo.

Ante la falta de inversiones, la productividad es baja, esto quiere decir que los costos fijos por unidad producida son más elevados que en una economía abierta con inversiones. No es lo mismo repartir los costos fijos entre 1000 unidades producidas que entre 10.000. En consecuencia, el modelo, aún sin proyecto hegemónico, no atrae inversiones en escala, no crea abundantes puestos de trabajo, no mejora los ingresos reales y no asegura un crecimiento sostenido en el tiempo. Por el contrario, es claramente un modelo regresivo en términos de distribución del ingreso porque el dólar caro requiere de impuestos altos para financiar un dólar caro. Y esos impuestos altos los terminan pagando los sectores asalariados en forma directa o indirecta. ¿Cómo? Si se financia con el IVA lo pagan directamente los asalariados, si se financia con el impuesto a las ganancias, las inversiones se van a otro país impositivamente más atractivo, baja la productividad de la economía y afecta el salario real. Siempre, en el modelo del dólar caro el que paga los costos del modelo es el sector de ingresos fijos.

Por otro lado, el escaso ingreso de capitales que genera un modelo de dólar caro hace que el ahorro sea bajo y la tasa de interés alta. El resultado es que el modelo se basa, nuevamente, en salarios bajos. Por ejemplo, para los defensores del modelo de dólar caro es preferible tener legiones de personas tejiendo a mano que maquinarias de última generación que hagan las telas. La idea de ellos es tener insumo mano de obra barato y costo de capital caro. En castellano básico es un modelo de muy baja productividad, la contracara del ingreso real de la población.

Es evidente que el kirchnerismo está agotado en su modelo político y económico. Es cierto que Kirchner le agregó al modelo medidas tan insensatas que el problema ya no es solamente el modelo, sino su capacidad para destruir la economía y, sobre todo, la seguridad jurídica que es la madre del crecimiento económico. Pero, atención, no es cuestión de reemplazar los delirios hegemónicos de Kirchner por un gobernante bueno pero con una política económica inconsistente como pregonan algunos economistas que ahora tratan de salvar su honor profesional diciendo que hay que volver al modelo original. Que fue Kirchner el que se desvió.

Lo que ha fracasado acá es el modelo original. Kirchner se encargó, solamente, de pulverizarlo más rápidamente y dejar tierra arrasada.

Por favor, no caigamos en el delirio de empezar a buscar un Kirchner sensato que lleve a cabo un modelo inconsistente porque el día que se vaya el matrimonio, a poco de andar, nos vamos a pegar otro porrazo.

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