30 mar. 2012

TREINTA AÑOS DESPUÉS





2 DE ABRIL

“Las Malvinas son argentinas”. A este eslogan lo tenemos grabado a fuego desde la cuna todos los argentinos. Y todos nosotros queremos recuperarlas. Sin embargo, no es desde un atril -donde la presidente reflotó el tema de manera imprudente y extemporánea-, ni menos con bravuconadas, que las podremos recobrar. Tampoco dejando de lado una diplomacia lenta, pero segura, en la que se venía trabajando. Con su accionar reciente Cristina pateó el  tablero, promoviendo un retroceso de muchos años.

Lo que no debemos perder de vista los argentinos es que un general, según dicen alcohólico, ejerciendo de facto el poder ejecutivo, ordenó la invasión a las islas aquel lejano 2 de abril de 1982, mientras saludaba desde el balcón de la Casa Rosada a una multitud sólo comparable a la que se reunía en la Plaza de Mayo en tiempos de Perón.

Inglaterra reaccionó y dijo que mandaría su flota, y el general se rió en un ataque de arrogancia, sosteniendo, convencido, que los británicos no harían un viaje de tantas millas por un par de islas. Y vaya que se equivocó. Entonces le declaró la guerra al Reino Unido.

Tampoco debemos olvidar eso los argentinos. Declaramos una guerra y la perdimos. Lo que resulta inaceptable es que a treinta años de aquel infausto episodio cierta dirigencia política nacional insista en la actitud belicista que tanta desgracia trajo al país.

De los errores hay que aprender y escarmentar. No se puede persistir en la técnica de la arremetida verbal incontrolada y permanente, mientras se buscan aliados y excusas para justificar lo injustificable.

Somos los perdedores de un conflicto armado que dejó secuelas muy crueles en la sociedad, además de los numerosos muertos y mutilados, y los que perecieron por diversas causas una vez finalizado el enfrentamiento armado.

El camino ahora es la paz y el diálogo. El único posible. Y aunque Argentina, salvo casos aislados, no tiene en este momento una diplomacia de excelencia, empezando por el inepto canciller, tal vez sea la oportunidad para demostrar que podemos aprobar esta asignatura pendiente con los recursos humanos capacitados con los que cuenta el país.

El desafío es inmenso y los logros parecen muy lejanos, pero es justamente por esa razón que debemos empezar en este mismo instante, con la esperanza de que en alguna fecha no demasiado remota tengamos un feriado, no para rememorar a los caídos, sino para celebrar el triunfo de la paz y el entendimiento sobre la estupidez humana.

© Raquel E. Consigli y Horacio Martínez Paz


3 mar. 2012


¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

El pasado primero de marzo nuestra presidente se tomó tres horas y 15 minutos para la apertura del período legislativo 2012 en el Congreso de la Nación, aunque, entre tanto parloteo, se le olvidó dejarlo inaugurado.

Tomarse ese tiempo ya es una falta de respeto a los presentes, y un enorme daño económico a los medios de comunicación privados, obligados a la cadena nacional y, por lo tanto, forzados a levantar sus pautas publicitarias. 

En los palcos se encontraban los invitados de siempre, como Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini, ahora flanqueando al ex juez universal español Baltasar Garzón, que revistaba en calidad de invitado especial, y al que se dirigió con palabras elogiosas por lo hecho en el caso Scilingo y con el fallecido ex presidente chileno Augusto Pinochet. El resto de las bandejas y la Plaza de Mayo estaban colmadas por los arreados de siempre, la Cámpora y las múltiples organizaciones del conurbano bonaerense, agitando, como es costumbre, una parafernalia de trapos multicolores.

El ex juez Garzón está suspendido en sus funciones por la Suprema Corte española y aquí lo recibimos como a un héroe. Sus compatriotas le han aplicado una suspensión por 11 años −lo que cubre con holgura su vida útil–, por probársele el cargo de prevaricato, el mayor delito que puede cometer un juez, ahora devenido en “asesor” del Congreso argentino. 

La larga perorata de doña Cristina giró alrededor de ella y ÉL, con varias escenas de pucherito y lágrimas, además de la repetida y populista amenaza de dar un paso al costado si no la ayudan. Él es el que quería modernizar los ferrocarriles y no pudo debido al “corralito” impuesto hace más de 10 años por gestiones anteriores. Realmente un dislate, cuando ha destinado miles de millones de pesos nuestros al fútbol para todos, al automovilismo para todos, a la bochornosa aerolínea de bandera, a la constructora “Bonafini y Cía”, y tantos etcéteras.

Luego la emprendió contra todos y todas, siendo el blanco preferido el “alcalde” de la capital federal, al que pretendió transferirle el subterráneo de la ciudad de Buenos Aires, históricamente de la Nación, pero quitándole la custodia de la policía federal. También cayeron en la volteada un camionero ausente por rebeldía, los ruralistas por “llorones”, los docentes por vagos, y todos los que reclaman aumentos de sueldos, por antipatriotas.

Para confundir a los ignorantes y sorprender a los desprevenidos se despachó durante largos minutos con cifras arregladas con los consabidos decimales, mientras el inefable secretario de comercio, Guillermo Moreno, desde su estratégica ubicación en un palco superior, arrojaba alfajores, globos y papelitos para denostar al matutino Clarín.

Curiosamente, tal vez por verse compelidos a aplaudir cada 5 minutos, ningún kirchnerista se durmió esta vez en su banca, a pesar de las tres horas de aburridísimo monólogo de la comandante en jefe de la Nación, que resultó un adecuado somnífero para buena parte de los argentinos, muchos de ellos condenados sin remedio a escucharla. Un párrafo aparte merece la esforzada labor de la intérprete para sordomudos, que debe haber terminado extenuada, después de tanto tiempo de gesticular y mover brazos y manos.

Extrañamos la presencia de Juan Carlos I, el rey de España, que hace unos años silenció al charlatán Hugo Chávez con su magistral: “¿por qué no te callas?”

© Raquel E. Consigli y Horacio Martínez Paz