28 dic. 2011

CARLOTTO - NOBLE HERRERA

NONNA FRACASADA

La señora Estela Barnes de Carlotto ha sufrido un fuerte portazo en la nariz. Su caso emblemático ante la archienemiga Ernestina Herrera de Noble, luego de años de mentiras y falsedades, finalmente se cayó. Los hijos adoptivos de la propietaria de Clarín no son hijos de desaparecidos, y mucho menos nietos de ella.

Esta maestra jubilada encontró un medio para vivir opíparamente del estado, pasando por alto su antigua amistad con el General Reynaldo Bignone, gracias a quien pudo enterrar a su hija Laura y tener la certeza de que no había sido madre. Pero el circo hay que seguirlo, de lo contrario se evaporan los ingresos que, dicho sea de paso, pagamos todos los argentinos y algunos otros habitantes del planeta. 

En el caso de los jóvenes Noble Herrera, fue una larguísima persecución que se prolongó durante once años, que incluyeron desde extracciones compulsivas de sangre hasta el humillante despojo de ropa interior y cepillos de dientes, realizado en un allanamiento cuando volvían de declarar en un juzgado en 2010.

Ante el último resultado negativo de los respectivos ADN, la famosa abuelita decidió poner punto –no final sino suspensivos– al implacable hostigamiento a los hermanos Noble. Con la soberbia que la caracteriza declaró que “es lamentable que no fueran nuestros nietos, porque les esperaba amor y saber de dónde venían”. Es muy difícil creer que alguien como ella, generadora de odios e impulsora de terribles venganzas, pueda inspirar y dar amor verdadero. Es muy probable que los hermanos Noble Herrera sepan de dónde vienen y que hayan recibido de su madre adoptiva todo el cariño y las atenciones que necesita y demanda un hijo.

Por el contrario, la que queda mal parada es la nonna Estela, que tal vez no supo contener a sus propios vástagos, absorbidos por una ideología violenta que propiciaba la eliminación física de los oponentes, y que cayeron en una lucha que ensangrentó al país entero en los ominosos años 70.  Todos los hijos supérstites de Carlotto ostentan hoy cargos altísimos en el estado.

La mala voluntad de esta señora se vio plasmada en los numerosos casos de ensañamiento contra supuestos hijos de desaparecidos, que no lo eran en realidad, pero que sufrieron las vejaciones de esta abuelita nefasta, que llegó hasta a gozar con el profundo e irreparable daño moral y psíquico sufrido por algunos jóvenes que resultaron no ser hijos de desaparecidos, pero que se enteraron en un juzgado que eran hijos adoptivos.

Estela de Carlotto es una fracasada, tal vez porque su propio planteo es inexistente. Así también se van cayendo los personajes y los casos paradigmáticos del tema de los desaparecidos en Argentina, que tiene algunas luces y demasiadas sombras. La Carlotto, que ahora no sabe cómo despegarse de su antigua socia y amiga Hebe de Bonafini, busca desesperadamente, con pautas en los medios (que pagamos todos), al nieto 400 ó 500, para que no se le vengan abajo la estantería y el negocio.

Nos preguntamos si los ciento y pico de nietos "encontrados" son realmente tales y, sobre todo, cuántos de ellos estaban con las familias biológicas de los desaparecidos, porque fueron entregados por los supuestos apropiadores o porque nunca fueron separados de ellas. Es el turno de Estela de Carlotto de dar explicaciones. Un país de 40 millones de estafados las estamos esperando.

© Raquel E. Consigli y Horacio Martínez Paz

16 dic. 2011

CLETO

CLETO



No despectivo, sino cariñoso, éste fue el sobrenombre del último vicepresidente argentino, el mendocino Julio César Cleto Cobos. En 2008, al primer toro que ingresó en la exposición de la Sociedad  Rural Argentina, en Palermo, se lo bautizó "Cleto", como muestra de agradecimiento de la gente del campo a ese presidente nato del Senado que emitió su voto "no positivo" a la circular 125. Dicho proyecto era un engendro confiscatorio de los ingresos agropecuarios, inventado por Néstor Kirchner ante la necesidad de "caja"; contrariarlo le costó al ingeniero Cobos ser considerado el enemigo número uno del gobierno.

         Tal vez lo que más molestó a la soberbia kirchnerista fue la negativa del ex presidente a convalidar con su voto lo que consideraba incorrecto. A partir de ese momento se habló del vicepresidente, figura hasta entonces casi ignorada por la ciudadanía, como de un “doble traidor”. Por un lado, el partido Radical lo había expulsado de sus filas por aceptar integrar la dupla electoral con Cristina Fernández, es decir, por aliarse con el archienemigo partido Peronista. Por otro, los kirchneristas decidieron que tener convicciones –y por ende opiniones propias− violaba el “pacto” supuestamente acordado al integrar la fórmula presidencial con un extrapartidario.

         Lo cierto es que Cleto nos ha dado a los argentinos una lección de señorío y buenos modales, aunque muchos lectores de esta columna puedan no estar de acuerdo. Con su aire tranquilo y conciliador y su permanente media sonrisa, el ex vicepresidente no se inmutó ante la catarata de críticas recibidas por parte de todos los sectores políticos desde aquel fatídico día de julio de 2008. Tampoco contestó agravios ni se rebajó a insultar a ningún compatriota, como lo hizo con él el ex terrorista Horacio Verbitsky.

         Finalmente, se fue en silencio, sin estridencias, como los grandes. Habiendo cumplido el mandato que le otorgaron los votantes, y entendiendo que la política es un servicio a la comunidad y una obligación de respeto a la ciudadanía, estuvo al lado de la presidente en el acto de re-asunción de la misma, el pasado 10 de diciembre, a pesar de los desplantes que le propinó la señora y de los improperios que le dedicara el grupo de La Cámpora, llevado al Congreso ex profeso para humillarlo. 

    Su trayectoria será recordada por su hidalguía, equilibrio y espíritu de concertación, diametralmente opuesta al ánimo de crispación, enfrentamiento y mezquindad, que ha caracterizado a la gestión kirchnerista en los últimos ocho años.

© Raquel E. Consigli y Horacio Martínez Paz

11 dic. 2011

EL JURAMENTO




Si quisiéramos hacer una radiografía del político universal –y por ende también del argentino–, podríamos describirlo a través de cuatro rasgos dominantes.

En primer lugar, cuando un ciudadano decidido a consagrar su vida a la política llega a la función pública, ya no la dejará jamás. Es decir, que lo importante es conseguir el primer puestito y aferrarse a él con uñas y dientes, tejiendo todas las alianzas y “lealtades” posibles para ascender al próximo escalón en la pirámide, que seguirá sin dudarlo en premio a los “méritos” obtenidos y acumulados.

La segunda característica distintiva es que el político en prospectiva arriba a la función pública con un capital modesto, que irá incrementando paulatinamente –o no– hasta que no pueda explicar cómo logró esa cifra sideral que constituye su patrimonio presente, pero que será un signo indiscutible de poder, que es lo que distingue a los “políticos de raza” de los que no lo son.

En tercer término, cuando un ciudadano deviene en político que se precie, tiene que dedicar un porcentaje sustancial de sus parlamentos a criticar a sus adversarios. Éste es un paso esencial si se pretende aumentar la propia credibilidad, ya que la descalificación de los opositores por lo menos siembra la duda sobre sus reputaciones.

Sin embargo, lo que más distingue a los políticos modernos es la fórmula que cada uno de ellos considera la más apropiada para que se le tome juramento al asumir su cargo. En este caso, cualquier mezcla de frases es válida, ya que ni Dios, ni la Patria, ni los Santos Evangelios y mucho menos “el honor” se lo reclamarán algún día.

Es así que el abanico de fórmulas cambia y se incrementa con el paso del tiempo, hasta adquirir rasgos desopilantes, como los agregados que los legisladores argentinos utilizan para sus respectivos juramentos en el Congreso de la Nación: por los desaparecidos, por los marginales, por ciertas comunidades indígenas y un largo etcétera. Falta que incluyan un club de fútbol o el sándwich de milanesa. A esto debemos añadir la evidente falta de decoro en el vestir de algunos de ellos y la carencia del mínimo pudor por la investidura y el lugar en que se encuentran, que contrasta con la visión que tenían de estos “detalles” las generaciones de patriotas que hicieron grande a nuestro país. Esto sucede hoy obviamente por cuestiones de obsecuencia, pero sobre todo por ignorancia supina.

El 10 de diciembre de 2011, día de la reasunción de la presidente Cristina Férnández, quedará en el recuerdo de muchos compatriotas por la cantidad de transgresiones que se permitieron la primera mandataria y algunos de los miembros de su flamante gabinete, lo que deslució la ceremonia, como quedó demostrado también por la magra representación extranjera que se dio cita en el recinto.

Enlutada y puchereando, Cristina Fernández eludió las normas constitucionales con el evidente objetivo de humillar a su vice (con quien estaba enfrentada por su “voto no positivo” del 2008), ya que hasta el fin de su juramento el ingeniero Julio Cobos seguía siendo el presidente nato del Senado nacional. La Constitución establece que él le debía tomar el juramento de rigor, y ella debía responder solamente “sí, juro”. Pero no. Dejando a Cobos a sus espaldas, leyó ella su curioso juramento que inició con “Yo, …” y que concluyó con "Él", subrayando con prepotencia quién manda en el país y cómo será el carácter de su gestión por los próximos 4 años, aunque le pese al federalismo. 

Su hija Florencia, que no tenía nada que hacer allí ya que no cumple ninguna función pública, le colocó la banda presidencial y le pasó el bastón de mando, en medio de una escena circense de gritos, cantitos, aplausos, papelitos y expresiones populistas a favor y en contra de ciertos personajes, cuyo ámbito natural es la calle, no el Congreso.    

Como toda regla tiene su excepción y sin tener filiaciones políticas ni simpatizar con las “extremas”, los “ismos”, las marchitas anacrónicas y degradantes y los borregos pagados para aplaudir (lo que se conoce como “claque”), queremos destacar la figura de Julio César Cleto Cobos, uno de los pocos vicepresidentes que ha cumplido su mandato y lo ha hecho con una honorabilidad digna de destacar hasta el último momento, lo cual merecerá un próximo artículo de nuestra parte. 

El “traidor” Cobos ha sido en el período 2007-2010 el único político que se trasladaba entre Buenos Aires y Mendoza, su ciudad natal, en su propio automóvil, cuyo patrimonio no parece haberse incrementado en la función pública, y que ha declarado que ahora vuelve a su actividad privada. Para el libro Guinness de los récords.

Otros rasgos para destacar en este segundo “juramento” son el color del vestuario de la presidente (negro) contrastando con el blanco de su primera vez, y la marca de automóvil en el que se movilizó: Volkswagen, tal vez fabricados en la hermana república de Brasil. Hasta hace poco Cristina Fernández sólo utilizaba coches Audi.

Para terminar, queremos recordar la sana envidia que nos produjo la asunción de Sebastián Piñera en Santiago, el 11 de marzo de 2010, después de un terremoto y en medio de temblores subsecuentes y de la devastación, mientras la saliente Michelle Bachelet se retiraba con todos los honores y era ovacionada por el pueblo chileno.

Esa ceremonia de transmisión del mando y de juramento de un presidente latinoamericano, en especial por tratarse de un país hermano, será para nosotros por siempre un ejemplo y una lección de solemnidad, dignidad y honorabilidad, que los argentinos deberíamos aprender, entendiendo que las leyes se hacen para ser respetadas y que aunque parezcan “acartonadas”, “almidonadas” y/o “anacrónicas”, las fórmulas de los juramentos deben ser observadas, ya que ellas simbolizan el respeto que los mandantes tienen por sus gobernados.

© Raquel E. Consigli y Horacio Martínez Paz