28 dic. 2010

PATRIMONIO INDEFENSO

PATRIMONIO INDEFENSO

A la hora de evaluar satisfactoriamente su gestión, los gobernantes de todos los partidos políticos la plantean habitualmente en términos de cantidad de obra pública ejecutada y con placa ad hoc que los inmortalice.

Los de nuestra provincia nunca han sido la excepción. Juan Schiaretti, que logró frenar un proyecto para demoler el ex Palacio Ferreyra, hoy convertido en un museo de arte, parece no obstante apoyar la moción de transformar la manzana que incluye a la casa madre del Banco de la Provincia de Córdoba, una joya arquitectónica situada en pleno centro de la ciudad, en un megaproyecto inmobiliario que incluye un centro comercial, un hotel y dos torres de 130 metros de altura.

Si bien el megaproyecto de reconversión de la manzana propone respetar el antiguo edificio del banco, no se entiende la obsesión de ciertos funcionarios por la construcción de torres en el centro histórico de la Docta, que debería ser preservado de este “progreso” entendido como la proliferación del cemento y los rascacielos.

Este descabellado proyecto sólo puede ser frenado por la Unesco, que ya advirtió que, de concretarse, la colindante manzana jesuítica y las estancias repartidas por toda nuestra provincia perderían la calidad de patrimonio de la humanidad.

En las sociedades modernas el concepto de “valor” parece entrar en conflicto con lo que se considera “viejo”. De esta forma, no solamente los objetos sino también los individuos son estimados en razón de su “juventud” y no de su importancia intrínseca. Todo aquello que supera cierta edad cronológica debe ser descartado o reciclado por oponerse al “progreso” y por haberse vuelto, por lo tanto, obsoleto, despreciable y reemplazable.

En Oriente, y más precisamente en Japón, por poner solamente un ejemplo, pasado y presente conviven armoniosamente, sin excluirse ni contradecirse. Lo mismo sucede en Europa y en algunas partes de América donde las reliquias del pasado son cuidadosamente atesoradas, aunque no impiden el avance de la ciencia y la técnica. En nuestro vecino Brasil una pequeña comuna, Ouro Preto, es patrimonio histórico de la humanidad, aportando su toque de pasado al gigante sudamericano cuya capital, Brasilia, es el emblema del modernismo.

El aspecto más grave de esta embestida “futurista” de las distintas administraciones de gobierno es que los interesados, los ciudadanos, que en mayor o menor medida sufrirán los costos económicos y las consecuencias no ponderadas de estas medidas, nunca son consultados. Una vez destruida, es imposible reconstruir la identidad de los pueblos, una de cuyas manifestaciones está constituida por las construcciones realizadas a lo largo de su historia.

El valor patrimonial de la sede central del Banco de la Provincia de Córdoba y su enclave en el centro histórico de una de las ciudades más antiguas de la Argentina ameritan, por lo menos, una reflexión por parte de la voracidad de los agentes inmobiliarios y de la urgencia de los políticos y una consulta permanente a la ciudadanía, que seguramente deseará preservar y custodiar para las generaciones futuras los vestigios significativos de un ayer no tan lejano.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz

19 dic. 2010

DE LA INDEFENSIÓN A LA INSEGURIDAD

DE LA INDEFENSIÓN A LA INSEGURIDAD

El gobierno kirchnerista, que ya transita su octavo año, basándose en que los derechos humanos son política de estado de su gestión, viene destruyendo sistemáticamente a las instituciones de la República.

Mientras se usa el dinero del erario público para premiar con subsidios millonarios a todo lo que tenga olor a terrorismo setentista, el mismo le es negado a las organizaciones del orden, históricas, que nacieron con el país.

Por su parte, la dirigencia política, oficialista y de oposición, está dedicada a aplaudir los bautismos de calles, avenidas, plazas, rutas, etc. con el nombre del ex presidente, “santo súbito” después de su fallecimiento, al tiempo que desde Olivos se sigue tejiendo frenéticamente una política de destrucción de valores.

A cargo del ministerio de defensa se ubicó a una ex montonera, como cachetazo a las fuerzas armadas, y con la complicidad de algunos que hoy llevan un uniforme que jamás merecieron vestir. De esta forma, Nilda Garré desmanteló con toda frialdad a nuestras fuerzas armadas, reduciéndolas a poco menos que un puñado de boy scouts con un guijarro en la mano.

Nuestra Armada tiene prácticamente la totalidad de sus barcos inactivos, además de obsoletos. La Fuerza Aérea está sufriendo el éxodo de sus oficiales, ya que no hay aviones en condiciones de volar, y, si hay alguno, los pilotos corren el riesgo de no volver con vida una vez que despegaron. Algo similar se verifica en el Ejército: sueldos bajos, humillaciones permanentes al personal uniformado (ascensos cuestionados), nula renovación de equipamiento, falta de entrenamiento y capacitación, presupuesto cada año más reducido.

Imaginamos la carcajada de los británicos cuando la presidente declaró que no iba a ordenar una invasión armada a Malvinas, cuando en las islas se comenzó recientemente con las exploraciones petroleras. En 1982 Argentina estaba muy bien equipada militarmente y era líder en Latinoamérica. Aún así, y habiendo dado dura batalla reconocida por el mismo enemigo, no pudimos ante la superioridad militar de una potencia mundial.

Gracias a la señora Garré hoy estamos a la cola del cono sur, superados por todos nuestros vecinos que antes nos miraban con admiración. Hay que hacer notar que casi todos esos vecinos tienen gobiernos de izquierda, cuando no lisa y llanamente marxistas.

No hay gobierno en el mundo, sea de derecha o de izquierda que no prestigie, capacite, remunere y equipe a sus fuerzas armadas, de manera especial los que se autodenominan “socialistas”. En este punto conviene recordar que el presidente venezolano Hugo Chávez se ha armado hasta los dientes, incluso pretendiendo desarrollar tecnología nuclear. En comparación, Argentina es un caso para psiquiatra.

Desde Olivos -donde hoy las decisiones que afectan a la Nación son tomadas por conspicuos representantes de las organizaciones terroristas del pasado-, se resolvió hace unos días crear un nuevo ministerio, el de seguridad, para entregárselo a Nilda Garré, cuya efectividad destructiva ya ha sido probada. Ahora tenemos a esta ¿ex? terrorista manipulando y disponiendo sobre las fuerzas de seguridad, es decir la policía federal, la gendarmería y la prefectura naval.

Comenzó descabezando la cúpula policial, aunque el paso siguiente ha sido verdaderamente hilarante: ha prohibido la portación de armas por parte de sus efectivos. En adelante, los uniformados sólo podrán llevar casco, escudo y gas pimienta para enfrentar las protestas y manifestaciones sociales de los violentos armados con piedras, cócteles molotov y armas y proyectiles de todo tipo.

Nos preguntamos cuántos voluntarios conseguirá la Policía para armar la primera fila de esta “fuerza de choque disuasivo”. Sin embargo, lo preocupante es que el Estado está dejando de lado su obligación de velar por la seguridad pública y apostando a la ley de la calle, que desde el comienzo de la gestión k es la ley de la selva. Si quienes deben ejercer el monopolio de la fuerza y de la autoridad con las armas que les brinda la ley, no lo hacen, entonces la democracia y la gobernabilidad del país están en serio riesgo.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz

11 dic. 2010

PERIODISTAS MILITANTES

En LA NACIÓN de hoy, 11/12/10

Editorial II

PERIODISTAS MILITANTES

El presidente de Télam pareció burlarse de la sociedad al decir que prefiere los militantes a los hombres de prensa


Es grave que el flamante presidente de Télam, Martín García, tenga una concepción del periodismo rayana en lo chabacano y, por ello, crea que esa agencia estatal de noticias deba ser un apéndice del peronismo o, acaso, una unidad básica.

El periodismo argentino sufre desde 2003 los embates de un gobierno que no informa -hasta se ha jactado de tener un "vocero mudo"- y que espera que toda la información le sea favorable, como si nadie más que sus propios "periodistas militantes" fueran capaces de analizar la realidad. Lamentablemente, esa corriente ha ganado espacios propios gracias a un Estado que no está a la altura de las circunstancias.

En pocos países, el periodismo machaca tanto sobre el periodismo como en la Argentina, donde los grandes diarios y sus periodistas son tildados de obscenidades que, en la mayoría de los casos, no concuerdan con los hechos. ¿Qué periodista que hoy orilla los 50 años de edad pudo haber colaborado con la mentada dictadura militar, por ejemplo? Ninguno y, sin embargo, algunos de esos "periodistas militantes" se jactan de una trayectoria que corrigen según la ocasión e intentan poner a unos contra otras en una cruzada que poco y nada tiene que ver con la función que deberían ejercer.

En boca de García se ha puesto que prefería a un militante antes que a un periodista. Lo desmintió, pero nada ha dicho sobre su peculiar descripción de los periodistas, tildados de "prostitutas", que "escriben mentiras en defensa de los intereses de los que les pagan", a diferencia de "los militantes", que escriben "la verdad al servicio del pueblo". Lo mismo pensaba Mussolini cuando dirigía su periódico y estaba por lanzarse a la política. Si el periodismo es esa suerte de trampolín, varios, si no la mayoría, nos hemos equivocado en nuestra vocación.

Por ser una empresa del Estado, así como lo son Canal 7 y Radio Nacional, Télam debería ser un ejemplo de pluralismo y diversidad, no una especie de trinchera desde la cual su propio presidente, designado por el gobierno nacional, se excusa en la gastada "defensa del modelo" para denigrar a todo aquel que disienta del parecer de sus jefes directos.

Los propios fundamentos del decreto fundacional de Télam señalan que "el pluralismo informativo debe ser asumido en su sentido más amplio y abarcativo", y que "el Estado debe promover el pluralismo en la información en tanto está entre sus obligaciones asegurar que todos los sectores puedan expresarse".

En la Argentina, con una publicidad oficial nunca bien distribuida, amenazas permanentes contra autoridades y periodistas de distintos medios de comunicación y hasta burlas de parte de las principales autoridades, se ha perdido el respeto por aquello que debe seguir siendo un pilar de la democracia. Es una falta de respeto que la mismísima presidenta de la República se sienta tentada a revisar la historia con la ligereza propia del fanático que no acepta grises, sino blancos y negros.

Pudieron haberse cometido errores, lo cual sería anormal si no hubiera ocurrido, pero jamás el periodismo sano, comprometido con sus valores, ha intentado embarcar a sus lectores, oyentes o televidentes en una cruzada tan destructiva como la encarada actualmente por presuntos periodistas que, en el fondo, han de sentirse orgullosamente militantes. Debería pensar García, antes de dejarse llevar por arrebatos, la responsabilidad que tiene y la dimensión de la empresa que dirige.

De hacerlo, y ser más sensato que con dichos tan desafortunados, quizá podría hacernos un gran favor a todos: dejar de pretender dictar cátedra de periodismo y dedicarse a sumar voluntades kirchneristas en los ámbitos que correspondan.

La crítica, cuando es acertada, nunca hiere tanto como la pretensión de subestimar a la gente y creer, a su vez, que el Estado es una fuente segura de empleos para familiares, amigos y afines a un gobierno en particular. Demasiados profesionales capaces y sin trabajo agradecerían no tener que enrolarse en una doctrina política, como en los años cincuenta, para obtener un empleo que, por si fuera poco, pagamos todos con nuestros impuestos.

9 dic. 2010

LA NUEVA AGENCIA OFICIAL DE NOTICIAS

LA NUEVA AGENCIA OFICIAL DE NOTICIAS


El señor Martín García, ultrakircherista, ha asumido días atrás la presidencia de la agencia oficial de noticias Télam.

García inició su gestión afirmando que en el plantel de la Agencia no quería periodistas profesionales sino militantes comprometidos. Lamentable actitud de un personaje que jamás pasó por una universidad para capacitarse, ni tampoco cuenta en su haber con una trayectoria periodística profesional que lo avale, sino que se ha destacado por su fanatismo propagandístico.

Su "declaración liminar" lacera a la gran cantidad de periodistas argentinos que desde hace décadas nos levantamos todos los días para cumplir con nuestro deber de informar y nuestro deseo de opinar libremente, sin censuras de ningún tipo, como debe suceder en una democracia adulta. Sin embargo, parece que al señor García ambas actividades le provocan urticaria.

Como siempre en este país, las cosas que pertenecen al Estado –y son por lo tanto sostenidas con recursos del erario público-, terminan siendo patrimonio del gobierno y utilizadas para sus fines, ya que se confunden maliciosamente ambos conceptos, sin importar el signo de la autoridad de turno.

Pasando a los hechos, el nuevo presidente de Telam nombró como gerente periodístico a Gabriel Fernández, quien exhibe un currículum "de peso" para semejante cargo: fue director de la revista chavista Question Latinoamericana, columnista de la también chavista Telesur y director del diario de las Madres de Plaza de Mayo.

En cargos claves fueron designados Marcelo Cena y Héctor Sánchez, vocero de Luis D'Elía el primero y periodista de la radio de las Madres, el segundo. A partir de ahora ambos se desempeñarán como jefes de la sección política, repartidos en diferentes horarios.

Es decir que García está logrando su objetivo, lamentablemente perimido, setentista, regresivo y confrontativo y, lo más condenable, carente del más mínimo vestigio de profesionalismo.

Telam suma además su división publicitaria. Toda la publicidad oficial que distribuye según capricho cifras millonarias, pagadas a costa de todos los argentinos, a los distintos medios de comunicación, debe pasar por esta agencia.

Un rápido repaso por las grandes agencias del mundo civilizado nos lleva a concluir que sólo los gobiernos autoritarios, del signo que sean, tienen o han tenido una “agencia oficial de noticias”. Las agencias líderes en el mundo son privadas, incluidas algunas que nacieron como oficiales en Europa por excusa de la guerra.

Además, en muchos países del primer mundo no existe la "publicidad oficial", o bien ésta consume apenas un mínimo porcentaje respecto a la Argentina, como es el caso de Francia, donde el gobierno informa sobre sus acciones y lo hace a todos los medios por igual.

Si el gobierno está haciendo obras en favor de su pueblo, éste las sentirá en carne propia, sin necesidad de gigantografías con el rostro del presidente o gobernador de turno, como si ellos sacaran el dinero de sus bolsillos para dar a unos u otros. Ni hablar de carísimas páginas en los diarios, ni del permanente machacar en la "televisión pública".

La agencia oficial Télam tiene una inmensa estructura de 700 empleados con sueldos elevados. Y, a todas luces, no es una entidad periodística creíble para nadie en el mundo, sino más bien el hazmerreír del periodismo universal, un elefante blanco costosísimo que nada aporta, salvo a la vanidad de algunos políticos argentinos.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz

6 dic. 2010

En LA NACIÓN de hoy, 6/12/10

Una polémica histórica con ecos en el presente

LA OTRA VUELTA DE OBLIGADO
David Rock

Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/1331065-la-otra-vuelta-de-obligado


El prestigioso historiador británico David Rock, profesor de la Universidad de California, quiso intervenir en la polémica que en esta misma página sostuvieron Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero sobre la Vuelta de Obligado y la visión oficial del nacionalismo argentino.

Como inglés nativo, no veo la década que siguió a 1840, al decir de Churchill, como nuestra hora más gloriosa o " finest hour ". En el colegio, a esa década la llamábamos "los años cuarenta hambrientos", no sólo por la catastrófica hambruna irlandesa, sino por la prolongada recesión económica que perjudicó seriamente las vidas de los obreros británicos.

Las presiones económicas internas provocaron varias aventuras imperialistas en el exterior, entre otras, las guerras infames del opio contra el imperio chino y la intervención de 1845 en el Río de la Plata. Sólo cerca de 25 miembros de las tropas francesas e inglesas murieron en el conflicto de la Vuelta de Obligado, un acontecimiento casi olvidado en Francia y Gran Bretaña.

Las pérdidas argentinas fueron mucho mayores: posiblemente hubo hasta mil muertos. La "batalla" recuerda los episodios imperialistas típicos en la India o en Africa, en los cuales por cada muerto europeo perecieron cincuenta nativos. Pacho O'Donnell define el incidente como "una de las mayores epopeyas militares de nuestra historia". Si eso fuera verdad, la República Argentina habría tenido una existencia casi idílica. Ojalá la historia británica hubiera sido la misma. En Gran Bretaña, el lenguaje de O'Donnell se aplicaría a acontecimientos como el primer día de la Batalla del Somme, el 1° de julio de 1916, cuando sesenta mil soldados ingleses cayeron en los primeros treinta minutos del enfrentamiento, ante las ametralladoras alemanas.

A pesar de su lenguaje exagerado, el artículo de O'Donnell tiene un cierto contenido analítico. Enfatiza, correctamente, la importancia de los barcos de vapor en el conflicto de 1845. Lord Palmerston veía al río Paraná como un sitio ideal para probar los barcos de vapor como máquinas bélicas. Los constructores de este tipo de buques en Inglaterra querían aumentar su producción si aparecían los mercados compradores. Algunos comerciantes de Liverpool soñaron con convertir al gran río (que creían conectado directamente al río Amazonas, a través de las junglas brasileñas) en un segundo Mississippi.

Como señala O'Donnell, algunos comerciantes británicos concibieron el plan de redefinir el mapa político de la región del Plata, reduciendo el territorio de la Confederación Argentina y aumentando el de la República del Uruguay.

La batalla de la Vuelta de Obligado resultó una derrota para Rosas, aunque posteriormente él pudo reclamar una victoria estratégica, cuando los británicos abandonaron su acción bélica y volvieron a la diplomacia. Estos evitaron cualquier medida violenta en la construcción de su imperio de negocios en la Argentina. Aunque no discrepo totalmente con O'Donnell, comparto la crítica de Romero de su versión de romanticismo histórico. Nadie debe olvidarse del papel de la demagogia revisionista en la tragedia argentina de los años 70 del siglo pasado.

Romero resume bien las opiniones de muchos historiadores distinguidos y confiables. Sin embargo, tanto él como O'Donnell no mencionan varios aspectos de la intervención de 1845 que son cruciales para su mejor comprensión. Bien conocido, por ejemplo, es el largo esfuerzo de Rosas por controlar la Banda Oriental; estos conflictos marcaron la continuación de la competencia entre Buenos Aires y Montevideo para dominar el comercio del Río de la Plata, que había empezado en el período colonial. El conflicto tipificó esta época de la historia latinoamericana después de la independencia. Los caudillos y los Estados-ciudades luchaban por la hegemonía de una manera más parecida a las guerras de la Grecia Antigua o la Italia del Renacimiento que a las luchas nacionales-populares europeas durante las revoluciones de 1848.

Ni O'Donnell ni Romero enfrentan los antecedentes de la participación de Francia y Gran Bretaña en el conflicto de 1845. Los franceses estaban concentrados en Montevideo; se opusieron a Rosas porque él les aplicó políticas discriminatorias; pasaron todo el período de Luis Felipe (1830-1848) tratando de derrocarlo. Bien distinto de la invasión de México durante el régimen siguiente de Napoleón III, los orleanistas trabajaron contra Rosas a través de bloqueos y socios locales como el general Juan Galo Lavalle. Los franceses nunca quisieron lanzar una invasión en tierra con tropas europeas, pues temieron que esto resultara un desastre costoso.

A diferencia de los franceses, los británicos habían establecido una presencia en ambas bandas del Río de la Plata. Buenos Aires atrajo a los británicos porque ofrecía acceso a mayores mercados y a productos vacunos de exportación. Por su parte, Montevideo tenía un puerto más caudaloso que Buenos Aires, y más cerca del Atlántico; además, sus autoridades solían demostrar más voluntad de cooperar con los comerciantes británicos.

En 1845, los comerciantes británicos de Montevideo convencieron a sus socios en Liverpool de montar una campaña bélica contra Rosas. Argumentaron que Montevideo pronto podría convertirse en la base de un nuevo comercio muy apreciable hacia el interior sudamericano, a través del Paraná. Para cumplir este plan, era necesario eliminar la oposición de Rosas. Los propagandistas siempre escondieron su verdadera razón: una acción contra Rosas por un bloqueo a Buenos Aires les daría el monopolio sobre el comercio existente en el Río de la Plata. El conflicto de 1845 significó una lucha entre grupos de políticos y comerciantes en competencia por la hegemonía comercial. Marcó una nueva etapa en la larga pelea entre Buenos Aires y Montevideo por la supremacía en el Río de la Plata.

Samuel Lafone merece una mención destacada en los anales del imperialismo victoriano. El lanzó la visión del comercio a vapor entre Montevideo y el alto Paraná; concibió el plan de redefinir las fronteras entre la Argentina y Uruguay a beneficio del segundo; en los años 50, gestó el desarrollo de las islas Malvinas, desde Montevideo. En 1845, Lafone convenció a William Ouseley, el enviado diplomático de Aberdeen, de enviar la expedición naval, junto con los franceses, por el Paraná y emprender el ataque a las tropas rosistas en la Vuelta de Obligado. A pesar de su triunfo militar, los británicos sacaron escaso provecho de su agresiva aventura, porque las oportunidades comerciales de la región del Paraná y del Paraguay fueron casi nulas.

Aberdeen había ordenado a su enviado utilizar la fuerza como último resorte y pronto condenó la entrada forzada al Paraná. Rápidamente, la opinión pública inglesa se dio cuenta de que la intervención contra Rosas producía grandes ganancias para los comerciantes de Montevideo, pero provocaba el descenso del comercio británico. La oposición creció a tal punto que a principios de 1846 los británicos abandonaban toda su anterior estrategia. Como ocurrió repetidas veces en el siglo XIX, el imperialismo británico se formó menos como resultado de una política gestada en Londres que por las acciones de los agentes comerciales locales o " men on the spot ", en este caso, Lafone y Ouseley.

"No somos ni Argelia ni la India", declaró gallardamente Rosas, cuando las fuerzas británicas se habían retirado. A pesar de su oposición a la intervención, el gobernador aceptó plenamente la idea de una asociación comercial con los europeos. En 1847, el diario pro rosista escrito en inglés en Buenos Aires, The British Packet , publicó un manifiesto sosteniendo que una relación con Gran Bretaña que hoy llamaríamos "imperialismo informal" sería provechosa para ambas partes.

El diario llamó a los británicos a enviar obreros y granjeros a Buenos Aires, que se dedicarían al comercio y al sector rural. De haber venido, los británicos hubieran gozado, según el diario, de "todos los beneficios de una colonia sin costo ni responsabilidad". Los rosistas también proponían el tipo de relación con Gran Bretaña que de hecho se materializó hacia fines del siglo XIX. Lo que hoy los revisionistas condenan como "la oligarquía antinacional o entreguista" asociada con los británicos? ¡incluiría a Rosas mismo! Obviamente, lo propuesto por Rosas tuvo el apoyo de los británicos establecidos en Buenos Aires. Ellos peticionaron al Foreign Office que se abandonara la intervención militar y rehusaron el consejo de Ouseley de salir de Buenos Aires. Todos se mantuvieron leales a Rosas y defensores de la soberanía provincial.

Conozco a un solo entusiasta de una hipotética conquista militar británica de Buenos Aires. Irónicamente, un irlandés. En 1845-1847, Antonio Fahy, un cura empobrecido y recién llegado, pidió un subsidio del gobierno británico anunciando su voluntad de actuar como un líder colonial, sobre la base de su prestigio dentro de la comunidad irlandesa de Buenos Aires.
Una narrativa acertada de los sucesos de 1840 en el Río de la Plata subraya lo anacrónico de la terminología empleada por O'Donnell: "democracia popular", "soberanía nacional" y "nacionalismo", por ejemplo.

La batalla de la Vuelta de Obligado fue una masacre de "nativos" típica de su tiempo. Más que un arquetipo del nacionalismo popular, Rosas era un dictador de un Estado-ciudad que, a la vez que supo defender su propio territorio, también deseó siempre una relación cercana y provechosa con los países imperialistas.

Como nota Romero, aquellos años pertenecieron a la época prenacional y prenacionalista de la Argentina. Los intelectuales liberales preclaros, como Alberdi y Sarmiento, soñaban con una república consolidada que emulara la pujanza democrática y republicana de Estados Unidos. Pero en aquella época sus proyectos todavía se hallaban muy lejos del imaginario de la masa popular.

© La Nacion
El autor, historiador británico, es especialista en historia política argentina