12 ago. 2008

ROBERTO CACHANOSKY
¡¡¡Con el iceberg en la nariz y no lo ven!!!

El Gobierno continúa negando la realidad y sigue empeñado en buscar a quienes culpar de los desastres que ellos hacen.


Supongamos que hay solamente dos bienes en el mercado y que el stock de moneda total es de $ 100. Supongamos que cada bien tiene un precio de $ 50 y que uno de los oferentes decide elevar el precio de su producto a $ 60. Pregunta elemental: ¿cómo se hace para que con solo $ 100 en circulación la gente pueda comprar un producto a $ 50 y el otro a $ 60?

O, dicho de otra manera, si solamente hay un stock de moneda en el mercado de $ 100, ¿mediante qué mecanismo mágico podrían hacerse transacciones por un total de $ 110? Ésta es la pregunta que debería formularse el ministro del Interior cuando afirma que la responsabilidad de la inflación es compartida entre el Estado y los empresarios que suben los precios.

La lógica más elemental indica que si la gente compra el producto a $ 60 el otro bien tendrá que bajar a $ 40, siempre que el stock de moneda se mantenga constante. Es lo que en economía se conoce como cambio en los precios relativos. Solamente podrá comprarse un bien a $ 60 y el otro a $ 50 si el Estado sostiene esos mayores precios con más dinero en circulación.

Si bien el tema es más complejo de lo planteado en el párrafo anterior, lo cierto es que es imposible que todos los precios suban al mismo tiempo si el Banco Central no convalida esos mayores precios emitiendo moneda. Y es justamente esto lo que ha estado ocurriendo en la economía argentina, porque cuando el ministro se queja de la inflación, está dejando de lado un problema fundamental, esto es la política monetaria expansiva que ha venido aplicando el Banco Central a lo largo de todos estos años para sostener artificialmente alto el tipo de cambio ante la ausencia de un superávit fiscal suficiente como sostener, con recursos genuinos, el dólar alto.

El haber cerrado la economía mediante un tipo de cambio artificialmente alto, que ya no lo es, mientras expandía moneda, el impacto inflacionario fue creciendo en forma exponencial porque toda la moneda adicional volcada al mercado impactó sobre los bienes producidos localmente. Dicho en otras palabras, el mercado se encontró con una masa adicional de dinero sin que la oferta de bienes creciera en la misma proporción, ni por más importaciones ni por más inversiones.

Cerrada la economía, el ritmo de aumento de la emisión siempre fue superior al ritmo de aumento de la oferta de bienes que podía ofrecer la economía doméstica con el stock de capital existente y, por lo tanto, los precios fueron aumentando. De este modelo no podía esperarse otra cosa que el resultado que tenemos actualmente, porque a la reducción artificial de la oferta de bienes cerrando la economía se le agregó una fenomenal expansión monetaria. Pero como durante más de 5 años el tipo de cambio nominal quedó clavado en los 3 pesos, y los precios internos siguieron subiendo, resulta que hoy la Argentina es cada vez más cara en dólares con lo cual las importaciones comienzan a aumentar aceleradamente, deteriorándose el saldo positivo del balance comercial del que tanto se ha vanagloriado el gobierno en su defensa del modelo de sustitución de importaciones.

Modelo que, por cierto, luce bastante ridículo en la actualidad. En efecto, si bien cuando fue formulado el famoso deterioro de los términos del intercambio, según el cual nuestros productos valían cada vez menos y lo que importábamos valía cada vez más, era defectuoso en su razonamiento, hoy los famosos términos del intercambio juegan claramente a favor de Argentina. Los bienes primarios suben de precio en el mercado internacional y los bienes que importamos bajan de precio y, además, mejoran en su calidad.

Por ejemplo, una simple computadora tiene mucha más velocidad de procesamiento de los datos y capacidad de almacenamiento que una computadora de 3 años atrás, mientras que el precio es más bajo o igual. Con esto quiero decir que con una tonelada de trigo o de soja se puede comprar más computadoras, que son más veloces y de mayor capacidad de almacenamiento de información. Esta situación, que debería ser motivo de festejo para los argentinos, resulta que es un drama para el gobierno. El oficialismo, anclado en la incorrecta y vieja teoría del deterioro de los términos del intercambio, sigue viendo la mejora de los ingresos como un problema y no como una bendición. Es como si los árabes se agarraran la cabeza y pensaran que se van a fundir porque sube el precio del petróleo. Tan contradictorio como esto es el modelo productivo.

Volviendo al tema de la inflación, el problema de fondo es que durante todos estos años el gobierno aplicó el impuesto inflacionario para sostener artificialmente alto el tipo de cambio. Como el tipo de cambio real se licuó, ahora tiene el problema de la inflación más un tipo de cambio real en niveles cercanos a los que regían durante la convertibilidad. Pero sumado a esto, tiene atrasado una serie de precios como energía, comunicaciones, gas, combustibles, etc. junto a otros bienes, más un stock de capital que ha variado muy poco por ausencia de inversiones. La caída del tipo de cambio real, o el aumento de los precios internos medidos en dólares, lleva a que el modelo ajuste por más importaciones.

¿En qué situación se encontrarán las empresas locales de ahora en más? Por un lado, tendrán menos rentabilidad por el techo de los controles de precios y un piso que sube por el incremento de los costos internos. Paralelamente, tendrán una menor porción del mercado interno dado que, al bajar el tipo de cambio real, tendrán que competir con más bienes importados. Menos rentabilidad y menor cantidad vendida al mercado interno es lo que tienen que esperar. Es fácil imaginar que el modelo ajustará por el nivel de ocupación. Con lo cual, el famoso modelo con inclusión social se convertirá en una resorte que despedirá gente del mercado laboral. ¿Qué más tenemos que esperar?

Que el gobierno opte entre quedarse sin energía por falta de recursos para seguir subsidiándola, o ajuste las tarifas de combustibles, energía, gas y transporte público a partir de una inflación no menor al 30% anual. Es fácil imaginar la llamarada inflacionaria que veremos si los Kirchner, encerrados en su bunker, siguen negando la realidad y comprando como ciertos los fantasiosos datos de Moreno. Hacer un ajuste de las tarifas mencionadas sobre un piso inflacionario del 30% debería disparar el tipo de cambio por fuga de capitales o, si se prefiere, por huída del peso. Precios, dólar y salarios iniciarán una carrera en la cual, es fácil saber, que el que llegará último será el salario.

¿Cuál es el paso siguiente? Un incremento de la pobreza mayor al que tenemos (por más que el INDEK diga lo contrario) con creciente problemas sociales. Digamos que el círculo se cerraría volviendo a los problemas de inflación, desocupación, indigencia y pobreza del 2002. Como en el juego de la Oca, volveríamos al punto de partida. Mientras el gobierno sigue utilizando la vieja fórmula de buscar culpables a los desastres que ellos hacen, paralelamente siguen negando la realidad. Tienen delante de sus propias narices el iceberg con el que van a chocar y no lo ven o no lo quieren ver. No aceptan el aumento de la inflación. No aceptan que se acabó el modelo de dólar caro. No aceptan que hay crisis energética. No aceptan que la inversión brilla por su ausencia. No aceptan que el consumo se está cayendo. No aceptan que tienen serios problemas para pagar la deuda pública. En fin, no aceptan la realidad.

El matrimonio está igual que Hitler, movilizando ejércitos y divisiones inexistentes que les inventa Moreno, mientras los rusos están a 200 metros de la puerta del búnker.

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