25 ago. 2008

EL VALOR DE NUESTROS IMPUESTOS

Apenas fue informada de los triunfos argentinos en las olímpiadas de Beijing, la presidente se comunicó telefónicamente con los atletas victoriosos de dos disciplinas prácticamente olvidadas para muchos jóvenes: judo y ciclismo.

Probablemente el escaso atractivo de ciertos deportes radica en su carácter exclusivamente amateur, aficionado, no profesional, no remunerado. A diferencia del fútbol, el básquetbol y el -recientemente incorporado al profesionalismo- rugby, el espíritu de los juegos -nacidos en la antigua Grecia, en la ciudad de Olimpia en el año 776 antes de Cristo-, debería ser el del competir, no el de triunfar. En aquellos tiempos remotos, los juegos se realizaban en honor a los dioses y el triunfo se remuneraba con una corona de laureles, que significaba un reconocimiento al esfuerzo por haber participado.

Mientras en el mundo globalizado el incentivo oficial y privado se orienta hacia la tecnología, las ciencias duras y la economía, formando generaciones de jóvenes embobados frente a la pantalla de la computadora o bien sumergidos hasta límites inimaginables en la frivolidad del consumismo material y la droga, poco o casi nulo es el estímulo que reciben quienes deciden dedicarse a las artes, los deportes o la solidaridad. Si bien estas cuestiones tienen una escasa remuneración económica, no hay duda que ellas implican un impacto diferente, dejando una profunda huella en el espíritu de quienes incorporan estas opciones en el camino de sus vidas.

Así como el deporte estimula la competencia por encima del triunfo personal, las artes el cultivo del espíritu más allá de lo puramente material y la solidaridad el reconocimiento de la necesidad de promover y asistir a los más débiles dentro de la comunidad a la que pertenecemos, urge incentivar en la ciudadanía dos deberes ineludibles: por un lado la necesidad de pagar los impuestos y por otra la de ser contralores del destino de esos fondos.

El valor de nuestros impuestos, por lo tanto, viene dado por el destino que ellos reciben y es por eso una obligación ciudadana tomar conciencia de la responsabilidad de unos (funcionarios) y otros (los gobernados) como administradores de lo que es de todos. Si los impuestos estuvieran distribuidos en forma correcta y con justicia, seguramente se incentivaría su pago, ya que el hecho de ver materializado en obras el volátil valor del dinero, dispone favorablemente a la población hacia el cumplimiento de sus deberes.

Con qué gusto pagaríamos los impuestos si tuviéramos la certeza de que su destino no es el bolsillo de algunos sino el beneficio de todos: hospitales públicos bien provistos, talleres de oficios para presos, becas para deportistas, artistas y jóvenes talentos en distintas disciplinas científicas, ayuda económica para padres de familia discapacitados, hogares para huérfanos, y tantas otras alternativas sociales enriquecedoras.

Cumplir con nuestras obligaciones tributarias es tan importante como ser contralores de las mismas, de modo que recibamos como contrapartida un abanico de beneficios que redunden favorablemente en la salud física y espiritual de nuestro pueblo.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz