1 abr. 2009

EL EQUILIBRIO, EL MEJOR HOMENAJE

Ante el fallecimiento de Raúl Alfonsín, ex presidente de la Nación entre 1983 y 1989, todos los medios de comunicación del país y muchos periodistas independientes, calificaron la noticia como la partida del “padre de la democracia”.

De la trilogía de autores griegos de la antigüedad, Esquilo, Sófocles y Eurípides, las obras que han obtenido mayor reconocimiento en todos los tiempos han sido las de Sófocles. Esquilo describe a un super hombre, un ser exagerado, que no se condice con la realidad humana; Eurípides, lo ridiculiza hasta reducirlo a un objeto de risa. Es decir, los dos extremos, lo que el ser humano no es. Sófocles, en cambio, coloca al hombre en su verdadera dimensión: un ser dotado de defectos y virtudes, cuya trayectoria por el mundo físico es un constante devenir entre el bien y el mal, en la cual la criatura deberá hacer elecciones y más de una vez se equivocará, aunque para volver a levantarse. Eso es el hombre: un conjunto de virtudes y defectos.

Describir la trayectoria de Alfonsín como si estuviera adornada solamente por aciertos es describir a la mitad del hombre y, sin duda, faltar a la verdad y a la memoria, algo que él no hubiera querido. Más allá de las virtudes que lo acompañaron en la vida y en sus años como presidente, el dirigente radical cometió graves errores, que muchos argentinos recordarán.

Para calificar a Alfonsín como “padre de la democracia” habría que estudiar qué hizo para alcanzar tan grande loa. Si recordamos los turbulentos años del gobierno “democrático” de la viuda de Perón, no aparece el nombre del ex presidente como uno de los adalides de este sistema de vida, ya que en aquellos momentos estaba a la sombra de otro líder radical, Ricardo Balbín, cuya frase por aquellos momentos fue: “nosotros no tenemos la solución”, refiriéndose a que ni los partidos políticos ni la sociedad podían detener la arremetida brutal del terrorismo montonero y erpiano. Fueron estos políticos los que se dirigieron entonces a tocar las puertas de los cuarteles. Los gestores de la democracia fuimos todos los ciudadanos argentinos que, agotado el tiempo militar, impulsamos la vuelta al sistema que habría de colocar a Raúl Alfonsín en el sillón de Rivadavia. Tal vez, si Herminio Iglesias al final de la campaña electoral de 1983, no quemaba un ataúd en un acto en la avenida 9 de Julio, ese lugar lo hubiera ocupado el Dr. Ítalo Luder.

Sin dudar de la honestidad de Raúl Ricardo, debemos recordar que al haberse rodeado de personas que carecían de ese valor, se generaron en el país ciertos episodios de triste recuerdo. Uno de ellos fue la creación de “la coordinadora”, integrada por algunos nombres nefastos: el Coti Nosiglia, Changui Cáceres, Leopoldo Moreau y Jesús Rodríguez, entre otros.

No menos dramático para la sociedad fue la hiperinflación más grande que recuerda la historia nacional, con el fracaso sucesivo de todos los planes económicos implementados por los ministros alfonsinistas (en especial los de Juan Vital Sorrouille, sin olvidar los de Jesús Rodríguez y Pugliese), que incluyeron hasta el cambio de moneda (el peso sustituido por el austral) y que culminaron con la debacle generalizada que aceleró su salida del poder seis meses antes de lo previsto. En ese momento, fue el mismo Alfonsín el que evitó la salida natural, obligando al vicepresidente Víctor Hipólito Martínez a renunciar junto con él. Y hasta usó el eufemismo de "resignar" el cargo, para no pronunciar la palabra renuncia.

Pero quizás el episodio más terrible de la era alfonsinista lo constituye el nunca aclarado e irracional ataque al cuartel de La Tablada, el 23 de enero de 1989, cuando el gobierno de Alfonsín agonizaba de muerte natural. En este episodio confuso, del que el ex presidente jamás pudo explicar ni un ápice, aunque todas las sospechas miraban hacia la Casa Rosada, murieron varias decenas de argentinos, en particular los patriotas defensores, entre cuyos nombres la Historia con mayúsculas recordará al mayor Horacio Fernández Cutiellos y al conscripto de humildísimo origen, Tadeo Taddía, derribado por la metralla asesina mientras, armado sólo con una escoba, barría el ingreso al cuartel, en tanto José Ignacio López, vocero presidencial, insistía en que se trataba de un "golpe militar".

Alfonsín ya había claudicado ante el motín de Semana Santa encabezado por el entonces teniente coronel Aldo Rico, rematando con la recordada frase: "La casa está en orden; Felices Pascuas". Luego, comportándose como un verdadero estadista hizo sancionar las leyes de pacificación, una de sus grandes obras, que luego la subversión en el poder logró anular sin el menor indicio de legalidad. Corregía así su propia impronta por los derechos humanos tuertos, que él mismo había iniciado al comienzo de su mandato.

Como cristianos nos condolemos de toda muerte. Raúl Alfonsín "ha sido". Hombre honesto, pero hombre al fin, con un balance positivo a su favor. No fué Jesucristo. Tampoco el demonio. Fue simplemente un hombre, con mayores responsabilidades que el común, a las que respondió como cualquier mortal.

El recuerdo de Raúl Alfonsín, para ser justos, debe incluir, además de sus virtudes, sus errores.

Ése es el mejor homenaje que se le puede rendir. Y, estamos seguros, el que él hubiera aceptado.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz