21 dic. 2008

LA NACIÓN - 21/12/08

Editorial I
Sin ideas


El discurso cada vez más hostil del ex presidente Kirchner encubre una penosa ausencia de creatividad

El mejor camino para lograr una concertación política entre diversos grupos partidarios y sociales no es ciertamente el de estigmatizar a los más variados sectores de la sociedad. La buena política siempre ha pasado más por la persuasión que por la imposición. No obstante, cuando se trata del peculiar cónyuge presidencial pareciera que la fábula del escorpión y la rana, en la que el temperamento se impone a la propia conveniencia, cobra reiterada vigencia.

El reciente acto proselitista encabezado por el presidente del Partido Justicialista en la ciudad de La Plata, en el que se mostró acompañado por gobernadores, intendentes, sindicalistas y buena parte del gabinete nacional, demuestra la continuidad de un estilo autoritario y confrontativo que, a pesar del desgaste que le ha causado al propio doctor Kirchner, hoy muy debilitado en su imagen pública, aparece como la única forma posible para comunicarse con aliados y opositores.
Llama poderosamente la atención que el tono de crispación, ofuscación y hostilidad haya distinguido un acto convocado para el relanzamiento de una "concertación plural" sobre la cual se proyectan muchísimas dudas.

Es que después de la experiencia de los llamados radicales K, con el vicepresidente Julio Cobos a la cabeza, no serán muchos los que se animarán a participar de una concertación "plural" que, tarde o temprano, podría terminar convirtiéndolos en mera comparsa de un proyecto unipersonal en el que opinar diferente acarrea, por lo ya visto, gravísimas consecuencias.
En este caso, el permanente hostigamiento al vicepresidente, que en el momento de los insultos se hallaba a cargo de la presidencia, a través del uso de un despectivo tono autoritario y descomedido, que fuerza interpretaciones capciosas y pretende obligarlo a dar explicaciones que nadie ha pedido, enfrentan al doctor Kirchner no sólo con un político a quien él mismo convocó para acompañar a su esposa, sino con el actual vicepresidente de la República.

El grado de hostilidad exhibido conduce a pensar que en el propio Néstor Kirchner existe, para decirlo con sus propias palabras, un reprobable sentimiento "destituyente" hacia quien, como Julio Cobos, inviste un alto cargo en el esquema institucional del país y además simboliza, como pocos, el cansancio y repudio de la gente hacia el estilo arrogante y provocativo de la actual administración.

Las ofensas reiteradas hacia líderes opositores, las pequeñas suspicacias respecto de su forma de vida y los habituales ataques a la prensa que no lo complace forman parte de un lamentable evangelio kirchnerista que, por reiterado, agresivo e insistente, ha terminado por hastiar a la mayor parte de la ciudadanía, según surge de la casi totalidad de las encuestas recientes.
Lo que en realidad se muestra en las repetidas escenografías pobladas de adulones es una penosa carencia de ideas y una llamativa ausencia de proyecto de país, reemplazada por un mero proyecto de poder.

Como propuesta para sumar voluntades y buscar el apoyo de otros movimientos, su habitual apelación al "amor" resulta tan pobre como poco creíble, en especial luego de haber pasado una filosa guadaña sobre la porción de la ciudadanía que no comulga con el andar del kirchnerismo.
En un mundo ávido de nuevos paradigmas y de ideas creativas, lo que se ha oído en sus últimas alocuciones es un discurso claramente regresivo. No sólo porque está anclado en el pasado, sino porque revela que la administración de los Kirchner, más allá de una retórica que fatiga, de la constante improvisación y de una cuota de pícara astucia de palacio, no tiene vertebrada una propuesta que entusiasme a la ciudadanía y mucho menos una estrategia de Nación.

Más aún, necesita agitar constantemente la dialéctica "amigo-enemigo", pues sin ella es incapaz de elaborar un "proyecto sensato y tolerante de vida en común" que sume adeptos por el camino amplio del consenso, antes que por temor al castigo o la persecución.