2 nov. 2008

1984

Hace 60 años un escritor inglés, desencantado con el régimen comunista de la URSS, al que había conocido personalmente, volcó su pesimismo en un libro que marcaría un hito en la literatura occidental: 1984. George Orwell (cuyo verdadero nombre era Eric Blair ), el autor en cuestión, nacido y educado en Gran Bretaña, cambió pendularmente su pensamiento capitalista por el socialismo ruso al que idealizó exageradamente debido al fracaso del sistema de vida occidental evidenciado por las dos grandes guerras que asolaron el siglo XX.

Sin embargo, Orwell, regresó de Rusia desilusionado también con el rígido sistema comunista imperante y, al borde de la desesperanza, escribió este libro también conocido como Mil Novecientos Ochenta y Cuatro, en el que imagina un futuro nefasto para la humanidad en caso de que el comunismo se apoderara del mundo.

En el país comunista de fantasía pergeñado por Orwell y dominado por el ser todopoderoso y omnisciente llamado Big Brother, los habitantes han perdido todos sus derechos y toda su libertad. Big Brother o Gran Hermano, es un monstruo invisible, policía, juez supremo, comandante en jefe, que supervisa al detalle la vida de cada individuo, decidiendo sobre la vida y la muerte de cada uno, en un sistema totalitario de feroz represión del pensamiento y de la expresión. Además de un lenguaje especialmente diseñado para la ideología opresiva del Estado, existen solamente cuatro ministerios que representan exactamente lo opuesto a sus nombres: ministerio del amor (donde se castiga y se tortura), ministerio de la verdad (donde se manipula la historia, el pasado y el presente), ministerio de la paz (que se encarga de que el conflicto sea permanente) y el ministerio de la abundancia (relacionado con la economía y que hace que los habitantes vivan con lo mínimo indispensable para no perecer).

En el tercer milenio, y extrapolando la obra de Orwell a nuestro país, la experiencia de una sociedad totalitaria, aunque disfrazada bajo el rótulo de “democrática”, resultó exactamente como la describe el autor inglés en la ficción, siendo las similitudes patéticamente asombrosas. En el año 1984, el año “futurista” en que se sitúa la acción en la sociedad orwelliana, en Argentina estábamos transitando el primer año de nuestro ingreso al sistema democrático posterior al gobierno militar. Un cuarto de siglo y varios gobiernos después, los argentinos aterrizamos en la “era K”, en la que un matrimonio, arribado a la primera magistratura por algún milagro “técnico”, se ha tomado el trabajo de copiar al detalle el sistema represivo de las sociedades totalitarias descriptas por Orwell, manipulando a piacere el pensamiento de sus gobernados, mientras saquea sus bienes, viola todas las leyes posibles, contrabandea dólares e influencias e instala conflictos con casi todos los gobernantes del mundo.