29 nov. 2009

MIENTRAS LOS ÁNGELES LLORAN

Nuestra muy particular presidente ha viajado a Roma. El motivo fueron los 25 años de la firma del tratado de paz con Chile, luego de la mediación santamente ejercida por Juan Pablo II.

Doña Kristina ha coincidido allí con su par chilena, absolutamente distante de ella en su estilo, su discreción y su arreglo personal, sin hablar de la representatividad popular de una y de otra. Tal vez todo sirvió sólo para una foto. La "reina" argentina tenía que dar la nota. Para eso nada mejor que lucir una vistosa capelina negra, más propia de las mujeres de la realeza o de la farándula cuando asisten a un funeral que de una jefa de estado en viaje protocolar.

La comitiva argentina fue para el terror. ¿Qué tenían que hacer allí, pagados por nosotros, Hugo Moyano y sus hijos? ¿Qué tenía que hacer la falsa abuela Estela de Carlotto, que además de recibir fabulosos subsidios anuales del erario público ahora nos cobra custodia personal? ¿Qué tenían que hacer allí el hijo del ex presidente Alfonsín, Ricardo, y su primo obispo?

Tampoco resultaba apropiada la figura del canciller Jorge Taiana, que durante buena parte de su vida se ha mostrado más partidario del conflicto que de la paz, cargando sobre sus espaldas, por lo menos, dos muertes de su pasado montonero. No se conoce que alguno de estos personajes haya manifestado públicamente sus deseos de convivir en paz, interna o externamente. Por el contrario, tanto Moyano como Carlotto (y en otro tiempo Taiana), son los grandes impulsores de la confrontación cotidiana en el país. El único que hubiera faltado para completar el cuadro del absurdo era Luis D'Elía.

El tratado de paz con Chile se firmó en 1984 entre el ex presidente Alfonsín y Augusto Pinochet, quien, luego de plebiscitar dos veces su gestión, entregó el poder a Patricio Aylwin en 1990. No debemos olvidar que Aylwin y sus sucesores no se atrevieron a modificar un ápice de la política económica pergeñada en tiempos del “dictador” por la mente brillante de un joven con aspecto adolescente: Hernán Büchi.

Nadie recuerda que el acatamiento a someterse al arbitraje papal no sólo fue firmado por Augusto Pinochet, sino también por Jorge Rafael Videla, es decir por dos dictadores, calificación a la que -curiosamente- no se han hecho acreedores Fidel Castro, Daniel Ortega ni Hugo Chávez Frías. Ahora todos los méritos son para los “demócratas” que vinieron después, ya que quienes en ese entonces vestían algún uniforme deben ser denostados impiadosamente.

Olvidamos los argentinos que Raúl Alfonsín, previo a la firma del acuerdo, mandó a su canciller, Dante Caputo, a debatir con un ya bastante senil Vicente Leónidas Saadi, dando lugar a un inolvidable programa televisivo que hoy sería la envidia de Marcelo Tinelli.

También hemos olvidado los argentinos que fuimos citados a las urnas en un referéndum “no vinculante”, en el que ganó el sí al acuerdo por una amplia mayoría, luego de una avasallante publicidad oficial que mostraba los “horrores de la guerra.”

Resumiendo: el fin de las hostilidades entre Argentina y Chile surge de un acuerdo entre dos “dictadores”, Videla y Pinochet, precisamente quienes hoy no reciben la menor mención por parte de los políticos de turno, y lo sellan un “dictador” y el “padre de la democracia” Raúl Alfonsín.

Que Cristina Fernández, quien en aquellos momentos se mostraba contraria a la paz, reciba hoy el agasajo vaticano olvidándose adrede de sus verdaderos mentores, parece un despropósito. Como patriotas y creyentes esperamos que algún día no muy lejano Dios y la Patria, efectivamente, se lo demanden.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz