14 jul. 2007

A LOS CERROS TUCUMANOS …

A nuestro presidente no lo llevaron a Tucumán ni los caminos de la Patria ni los sentires por el 191 aniversario de nuestra Independencia. Muy lejos estuvo de los versos de la “Zamba del grillo”, la composición de Atahualpa Yupanqui interpretada magníficamente por muchos de nuestros folckloristas. Pero, sobre todo, muy lejos del espíritu que movió a nuestros próceres de 1816.
K. llegó al Jardín de la República para hacer campaña política en favor propio, de su esposa y del gobernador Alperovich, que se postula para un nuevo período, sentenciando que el año que viene acompañaría a Cristina en los festejos.
El presidente se manifiesta católico, no obstante hizo lo predecible: un nuevo faltazo al tradicional Te Deum. El sr. Alperovich es judío, y con todo el respeto que ellos nos merecen, fue el que quiso quitar la cruz de la bandera de Tucumán. Algo así como si algún cristiano o musulmán quisiera quitar la estrella de David de la bandera de Israel.En el hipódromo tucumano, escenario del mítin, se pudo observar a un gobernador provincial, pasado a las filas K pero de origen extrapartidario, hacer una larguísima “homilía” en la que no escatimó elogios a la “futura presidente” ante una cohorte de pobrecitos arriados por un choripán y algunos pesos, que respondieron con aplausos y cánticos a lo obviamente pactado con algún puntero zonal. Todo, por supuesto, pagado con recursos del erario público. El gobernador Alperovich inició su discurso dirigiéndose sólo al presidente y a la senadora Cristina Fernández, ignorando al medio gabinete nacional presente, además del vicepresidente. La candidata no dejó de lanzar besos con sus manos, aún durante la entonación de las estrofas del himno nacional.
Este circo montado y con libreto, en el que la celebración del aniversario de nuestra independencia fue artera e intencionalmente desdibujada, nos hizo pensar en aquellos hombres de 1816.
Ignoramos si nevaba aquel día de hace casi doscientos años, pero con seguridad haría mucho frío. Los diputados que se encontraron en San Miguel de Tucumán debieron viajar varios días en carretas. No existía el Tango 01, y las carretas no tenían calefacción. Pero a los congresales los movía el generoso fuego interno de la Patria naciente, y no la intención mezquina de las nuevas generaciones de políticos, ávidos de poder, prebendas y malsanas ambiciones personales.
Ese fuego que motivó a aquellos hombres probos, verdaderamente imbuidos de los intereses de sus representados e instruidos en las mejores universidades que funcionaban por aquel entonces en Latinoamérica, se reunieron durante varios meses a debatir sobre el futuro de este suelo que hoy pisamos. Y finalmente, aquel histórico 9 de julio de 1816, nos dejaron como legado “…una Nación LIBRE e INDEPENDIENTE del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera…”. Ese espíritu de emancipación y reafirmación de nuestra soberanía e identidad nacionales estuvo ausente este 9 de julio en Tucumán, porque está ausente en quienes hoy ostentan el poder, facultad que le deben precisamente a aquellos hombres.
La significación de tamaño acontecimiento, cuyas repercusiones posteriores implicaron nada menos que la independencia de otras naciones de Sudamérica que seguirían la huella de nuestro país, pasó desapercibida para estos funcionarios que no han comprendido que la política no es más que el desinteresado servicio a la comunidad.
No podemos saber qué sucederá en los próximos meses en nuestro país, pero sí deseamos fervientemente que en la tierra tucumana
el 9 de julio de 2008 se reúnan los representantes más dignos de nuestro país para celebrar la independencia de la corrupción, la impunidad, la mezquindad, los intereses foráneos. Es decir, la independencia de este poder político que nos gobierna por estos días y pretende perpetuarse. Nuestros nobles representantes de 1816 así lo querrían.