11 may. 2011

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

Bin Laden ha muerto. Fue el titular de los noticieros de todo el mundo en la madrugada del 1 de mayo de 2011. El terrorista más buscado del mundo había sido finalmente ubicado por las fuerzas de élite de Estados Unidos y eliminado, para alivio de amplios sectores sociales atemorizados desde que hiciera pública su condena al capitalismo occidental y a cierto segmento del islam, entre otras amenazas.

La muerte de Bin Laden era algo inminente, previsible, esperable. A partir de ese instante el mundo volvió a partirse en dos entre sus defensores, que conciben su muerte como un asesinato, y sus detractores que la consideran un acto de mera justicia. Aunque hubiera muerto en combate, Osama será siempre –como el Che Guevara– una víctima de su propia causa: la lucha contra las ideologías políticas y religiosas que se oponían a su peculiar concepto del mundo.

Para el terrorismo el enemigo no es un pueblo, nación o Estado determinado, sino una cosmovisión “errada” que debe ser destruida a cualquier costo por medio de la violencia. A diferencia de un patriota, que se levanta en armas para defender los derechos civiles a la vida, la libertad y la propiedad dentro de las fronteras de su terruño natal, el terrorista no tiene patria, es un mercenario de diversos fanatismos tanto políticos como religiosos.

Horrorizarse por la muerte de Bin Laden, ultimado en un preciso operativo en el que la pérdida de vidas y los daños fueron mínimos, pero no hacerlo por las atrocidades cometidas en los atentados que él motorizó, masacrando a miles y causando cuantiosos estragos entre la población civil es, por lo menos, llamativo.

Toda muerte debe ser lamentada, ya que no hay nada para alegrarse en la pérdida de una vida humana, violenta o no. Quienes se rasgan las vestiduras por algunas muertes pero no por otras, demuestran una concepción ideológica perversa que justifica la eliminación selectiva de seres humanos: los que se consideran “los malos” de la película.

Al cundir la noticia sobre la muerte de Osama, Argentina emitió un tibio comunicado a través del canciller Timerman –despreciado aun por la misma comunidad israelita argentina–, en el que se afirma que en el país se produjeron “solamente dos atentados terroristas”: los consumados contra la embajada de Israel y la mutual Amia, ambas en Buenos Aires, olvidando, en un particular acto de amnesia, el terrorismo que sufriera el país en los años 70 con su saldo de incontables atentados, secuestros y muertes.

En los últimos años el mundo fue testigo de los atentados en Tokio (1995, 12 muertos y miles de afectados por el gas sarín), Atocha (2004, 192 muertos), Londres (2005, 56 muertos y más de 700 heridos), Pakistán (2007, 50 heridos y 38 muertos, entre ellos la ex primera ministra Benazir Bhutto que había sobrevivido dos meses antes a otro que causó 124 muertos), por citar sólo algunos. Bin Laden y la organización Al-Quaeda, por su parte, se atribuyeron varios crímenes sangrientos en distintas partes del mundo, siendo el más resonante el del 11 de septiembre de 2001, en el que murieron más de tres mil personas.

Quien vive fuera de la ley, no puede invocar para sí el imperio de la misma, es decir, el que a hierro mata, a hierro muere. De no haber sido los "imperialistas yankis", alguna otra de sus víctimas se hubiera encargado de perseguirlo hasta eliminarlo. Por eso, la muerte de Bin Laden era un hecho previsible, porque como en el cuento La espera de Jorge Luis Borges, todo asesino sabe que en el preciso instante de cometer un crimen ha firmado su propia sentencia de muerte.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz