23 may. 2009

LA NACIÓN - 22/05/09

ELECCIONES Y FARSA

Santiago Kovadloff

Si algún rasgo patético llegara a guardar la memoria colectiva de la marcha hacia las elecciones legislativas que se avecinan, seguramente ése será el de lo grotesco. Una atmósfera circense y burda se ha adueñado del curso, seguido por un proceso político en el que parecen predominar un sentimentalismo pringoso y una elocuencia barata, acomodaticia y divorciada de toda responsabilidad conceptual.

Cuando falta poco más de un mes para el 28 de junio, las cloacas de la descalificación del adversario ya están saturadas. Los planteos apocalípticos, la autoponderación llevada a las alturas de lo patológico, un romanticismo barato que no vacila en recurrir al llanto, el besuqueo, las referencias a diputados y senadores propios concebidos como leones y a los hombres y mujeres de las propias filas como hijos destetados que empiezan a caminar por su cuenta, conforman la trama de los procedimientos dominantes, que ponen en juego quienes se disputan los cargos por cubrir. A todo ello se suma un periodismo verborrágico que, con muy contadas y notables excepciones, convoca a los candidatos tanto a las pantallas televisivas como a los micrófonos radiales para someterlos a entrevistas sin sustancia cívica en las que los postulantes despliegan, casi siempre, un repertorio de ideas anémicas y lugares comunes destinados a operar como sucedáneos de una cultura política tan indispensable como faltante. No aspiran a orientar a la ciudadanía, sino a justificarse ante ella.

Un proyecto serio de país no es exclusivamente un proyecto de poder. Es muy posible que las próximas elecciones contribuyan a acotar la suficiencia de quienes han reducido el ejercicio de la democracia a la instrumentación arbitraria de las instituciones de la República. Pero a ese primer paso deberá seguirle una inteligente y sólida articulación, por parte de la oposición, tanto dentro como fuera del Parlamento, entre la coyuntura y el mediano y largo plazo. Si el Estado no llega a ser reconstruido, el país seguirá estando más cerca de un conglomerado que de una nación consistente.

Es preciso advertirlo: la apatía colectiva ante el discurso político no fue revertida. Lo circense busca esa reversión desesperadamente. Quiere capitalizar como sea la desorientación pública. Para ello, renueva sus recursos sin cesar. Hasta los furibundos de hace unas horas ensayan modulaciones serenas, susurrantes, mesuradas. Los sondeos de opinión aconsejan explorar los medios tonos, simular equilibrio, refrenar las explosiones temperamentales.

¿Hasta cuándo perdurará esta disociación entre política y conocimiento? ¿Quiénes los reconciliarán en una sociedad atenazada por la pobreza, el delito, la mala educación, la explotación prostibularia de la ley? Es así: tenemos un Estado omnipresente y, a la vez, totalmente desdibujado. Activísimo donde no debería serlo y replegado donde más se lo necesita. Es el juego del revés. El juego del revés en una Argentina que, a medida que el tiempo pasa, pareciera retroceder, con fervor carnavalesco, hacia lo peor del siglo XIX. Como si el porvenir quedara en el pasado.

Pongámonos de acuerdo: no hay destino, hay historia. Nada ha sido escrito de una vez para siempre. Pero, para probarlo, es preciso que la pluma que escribe la historia empiece a estar en manos decididas a devolverle la palabra a la Constitución.