2 mar. 2011

EL FIN DE LAS DICTADURAS

EL FIN DE LAS DICTADURAS

Es muy probable que el siglo XXI sea testigo del fin de muchas dictaduras en Oriente y de las que todavía perduran en Occidente, entre ellas una de las más longevas del mundo: la cubana.

A partir de la revolución que derrocó a Fulgencio Batista en 1959, Fidel Castro y su hermano Raúl se adueñaron del poder en la “perla del Caribe” y después de más de medio siglo de oprimir al pueblo cubano y de establecer el ridículo “partido único” (una contradicción en sí mismo), no lo han abandonado.

Diez años antes, en 1949, Mao Tse Tung (o Mao Zedong) proclamó la “República Popular China”, instituyendo en el extremo oriente una de las dictaduras más duras y salvajes de que se tenga noticia y cuya “Revolución Cultural” (1966-1976) constituyó un rotundo fracaso en el ámbito económico, lo que condenó a la muerte a miles de compatriotas. En este caso, dado el número de habitantes actuales de ese país y su tremendo potencial económico, la caída de esta dictadura sería una de las explosiones más esperadas (recordemos la masacre de Tiananmen), pero tal vez con las consecuencias más graves para el planeta.

Entre enero y febrero de 2011 dos dictadores del norte de África debieron abandonar sus respectivos países, después de décadas de férreos gobiernos hereditarios. Agobiados por tantos años de privaciones, injustos e inexplicables sometimientos, el persistente cercenamiento de las libertades civiles y el hastío de escuchar durante décadas las mismas voces prometiendo el bienestar que nunca llega –mientras, por contraste, los miembros de la dirigencia política incrementan astronómicamente sus respectivas fortunas– los pueblos árabes de la “media luna” islámica parecen determinados a cambiar a sangre y fuego la historia de sus países, aunque no tengan bien en claro todavía como implementarán un orden más justo y solidario en el futuro cercano. La única certeza que parece guiarlos es la convicción de que para ellos ha llegado el fin de las dictaduras, las dinastías eternizadas en el poder que se transmiten los privilegios de generación en generación, ante la mirada impotente de sus súbditos, que no ciudadanos.

En el ámbito político, el péndulo de la Historia parece estar moviéndose hacia la sana alternancia de partidos políticos y personas en la administración de los gobiernos, la división de poderes, la libertad de pensamiento y expresión y el acceso de todos los ciudadanos a la salud, la educación, la seguridad y la justicia, entre otras características del nuevo orden mundial.

Sin embargo, mientras el planeta parece ir en el sentido de la apertura de los regímenes totalitarios, en algunos lugares se verifican situaciones insólitas: las de aquellos que pretenden ir a contrapelo, como sucede en algunos países de América. Si bien Brasil, Chile y Uruguay avanzan con el reloj de la Historia, en Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia la dirigencia política parece tener una idea fija: reformar las constituciones para permitir la reelección indefinida de ciertos candidatos, con el fin de que se perpetúen en el poder.

No olvidamos el intento de Mel Zelaya en Honduras, que fuera abortado por el propio sistema constitucional, aunque ciertos políticos, incluida nuestra presidente, insisten en denominar a este hecho como un “golpe de estado”, hasta el punto de persistir en el no reconocimiento al gobierno constitucional y legítimo que lo sucedió.

Hace unos días la presidente de Brasil, Dilma Rousseff, aseguró que prefiere un millón de voces críticas a su gestión antes que “el silencio de las dictaduras”, dejando en claro la que será la impronta de su gobierno en este sentido: la más absoluta libertad de expresión, política propia de una estadista del nuevo siglo.

En Argentina, por el contrario, además de la persistente censura y persecución a la prensa libre, algunos diputados “ultra k”, como Diana Conti, han tirado al ruedo el tema de la reforma constitucional, con el fin de que Cristina se quede al timón del país hasta el 2020, como habían planeado con su difunto esposo.

En esta gestión de gobierno, el reloj de la Historia no sólo es anacrónico o extemporáneo sino que atrasa en forma alarmante. Es imperativo que en este año electoral, la ciudadanía le recuerde a la señora presidente que para nuestro país también ha llegado, desde hoy y para siempre, el fin de las dictaduras.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz