31 mar. 2008

EL FIN DEL PRINCIPIO

Después de triunfar en la batalla de El Alamein en el norte de África en 1942, Winston Churchill, político y estadista británico, premio Nobel de Literatura (1953) y uno de los más brillantes oradores del siglo XX, pronunció aquella célebre frase: “Éste no es el fin de la guerra, ni siquiera es el principio del fin, pero es, tal vez, el fin del principio”.

Desde el retorno de la democracia en Argentina en 1983 no se habían verificado, como ha sucedido a partir del gobierno de Néstor Kirchner en 2003, el autoritarismo, la prepotencia y la soberbia que caracterizaron al fundador del partido peronista en su segundo gobierno y que provocaron su derrocamiento a través de un levantamiento cívico-militar en 1955.

Más de medio siglo después, ciertos seguidores de Perón se encuentran empeñados en volver al pasado, lucha de clases incluida, no solamente con discursos sino también con acciones tendientes a cercenar las libertades civiles y a enfrentar a la ciudadanía en falsas antinomias de ciudad-campo, ricos-pobres, patrones-obreros, peronistas-no peronistas.

En aquel momento se comenzó atacando a la “oligarquía vacuna” y luego les tocó el turno a las diversas instituciones que componen una sociedad: escuela, fuerzas armadas, iglesia. El advenimiento del matrimonio Kirchner al sillón de Rivadavia en una insólita sucesión conyugal nunca antes vista en Argentina, trajo de regreso los mismos ataques, aunque en orden inverso. Aparentemente, olvidaron estos dirigentes de hoy que ese error que pagó aquel dirigente con su salida del gobierno y su expulsión del país y que condujo a la cruenta y aún no resuelta división de la ciudadanía argentina, se paga de la misma forma.

Mientras su marido –al igual que ella en su momento- contempla “arrobado” la performance de su mujer, Cristina Fernández “festejó” sus primeros cien días de gestión encerrada en su burbuja de oro, desentendida absolutamente de la realidad del país y de su cotidianeidad que le son completamente ajenas, direccionando su escaso accionar político hacia el pasado, con una evidente carga de resentimiento y odio expresados directamente a través de sus punteros políticos y de los cabecillas de sus fuerzas de choque, y apoyada, como en el acto en Parque Norte, por los ruidos y los bombos de una temible “claque” de funcionarios obsecuentes y marginales diversos, atrapados en las dádivas de una demagogia que ya lleva más de cuatro años saqueando las arcas del país.

Después de su segundo discurso, que salvo por la expresión “les pido humildemente”, no tuvo nada de conciliador, lo que quedó en claro es que desde 1853 hasta la fecha Argentina no ha sabido engendrar una clase dirigente honesta, responsable y capaz, consciente de la ubicación del país en el concierto económico mundial y preocupada en el diseño de políticas de largo plazo que trasciendan las coyunturas de gestión y apunten a generar bienestar para toda la población.

Sin nada más que ofrecer que su reticencia a reconocer sus errores, la presidente “de todos los argentinos” –antes “primera ciudadana”- repetirá esta semana sus habituales puestas en escena, vestida y enjoyada como “señora paqueta”. Para eso, arriará al corral favorito de los presidentes argentinos –la Plaza de Mayo- a un peligroso rebaño no pensante que seguirá sus diatribas al ritmo de los bombos y las amenazas para los que no piensan igual, y dejará que la masa de obsecuentes, ignorantes y violentos le prodiguen, con su estruendosa e incondicional algarabía, los “mimos” que parecen elevar su alicaída autoestima.

Si la batalla de El Alamein significó para la Segunda Guerra Mundial "el fin del principio", según los estrategas de aquel momento, el feroz ataque al campo y a su sacrificada gente, que con su silenciosa y fecunda labor cotidiana han estado subvencionando no solamente a los desempleados genuinos sino -muy especialmente- al enorme número de vagos que ha generado este gobierno con sus desacertadas políticas (planes "Trabajar"), puede significar el fin del principio de la gestión 'doble K'.

La República entera se encuentra expectante. En la presidenta y sus acólitos se encuentra la decisión, fruto de la inteligencia y la voluntad, que puede cambiar el rumbo de la angustiante situación presente.