4 mar. 2008

Archipiélago GULag

En 1973, al caer el manuscrito en manos del Estado comunista, Alexandr Soljenitsin, intelectual ruso que había vivido en carne propia los horrores del comunismo, se vio obligado a publicar un libro que hizo historia en Occidente: Archipiélago GULag. Al comienzo del libro el autor advierte: “En este libro no hay personajes ni hechos imaginarios. Las gentes y los lugares aparecen con sus propios nombres. Cuando se emplean iniciales, ello obedece únicamente a razones de índole personal. Y cuando falta algún nombre, se debe a un fallo de la memoria humana, aunque todo ocurrió tal como se describe aquí”.

Las atrocidades narradas por Soljenitsin en las cárceles rusas, donde él mismo estuvo preso más de 10 años por oponerse al pensamiento único y al cercenamiento de las libertades civiles, son dignas de la más espeluznante película de terror y nos hacen preguntarnos hasta qué punto puede llegar el ser humano en su crueldad contra otros por no doblegarse a sus caprichos.
El nombre escogido por el escritor ruso es explicado en las primeras páginas: el archipiélago se refiere a los innumerables “islotes” o cárceles levantadas por el gobierno para encerrar a los disidentes; GULAG es la abreviatura -obviamente en idioma ruso- de “Dirección General de Campos de Concentración”. A los islotes carcelarios se llegaba a través de los terroríficos arrestos, generalmente nocturnos e individuales; luego mediante la persecución ideológica y las vejaciones dentro de la cárcel se tendía a lograr la insania o la muerte por suicidio de los presos, cuando éstos no eran muertos por otros medios por sus guardiacárceles.

Aunque el libro centra su atención en las administraciones de Lenin y Stalin (1918-1956), al momento de publicarse, casi 20 años después, no había perdido vigencia, ya que la virulencia del comunismo ruso permanecía prácticamente intacta. Curiosamente, en 1974 se cumplían en Cuba quince años de la “importación” del sistema ruso y en nuestro continente se encontraba en pleno auge la “onda izquierda”. Sin embargo, quince años después Occidente asistió al desplome del sistema comunista, cuando en 1989 cayó por fin el muro de Berlín y la Unión Soviética se hizo añicos, como un cristal al golpear una superficie sólida.

Desde el regreso de la democracia, y como revancha a tantos años de gobiernos “derechosos”, el pensamiento “izquierdoso” se apoderó del país y el péndulo se desbocó hacia el lado contrario. Allí comenzó una feroz persecución a cualquier ciudadano, en especial uniformado, que pudiera ser acusado de haber sido actor o colaborador de gobiernos pasados, y por lo tanto culpables de todos los males del país. Y mientras el mundo va hacia delante, los gobernantes argentinos, con la excusa de los derechos humanos, ha dado un giro de 180 grados hacia el pasado.

Poco a poco la persecución va retrocediendo en el tiempo. Ya se apoderaron de quienes andaban cerca de Trelew en 1972, (aquellos verdugos de muy mala puntería que dejaron sobrevivientes cuando fusilaron), y últimamente están a la caza de algún sobreviviente del 55. Si no los hay, no importa. Habrá hijos y nietos de aquellos que puedan representar la saciedad de un odio increíblemente grande. La portación de apellido es suficiente causal para detenerlos y recluirlos en forma infrahumana bajo un régimen brutal que no se aplica ni siquiera a violadores, no de derechos humanos sino de mujeres, que parecen no ser humanas.

La cárcel de Marcos Paz, la isla mayor del GULag telúrico, donde se pudren por igual delincuentes comunes con opositores al régimen K, viola escandalosamente el art. 18 de la Constitución Nacional, que dice textualmente: “Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que lo autorice”.

Además de lo referido a las cárceles en sí, el art. 18 en su primera parte sostiene que “ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa”. Como se ve, los presos K, encerrados por disentir con el kirchnerato, como es el caso de Luis Patti entre muchos otros, sufren una espantosa discriminación, prohibida por el art. 16 CN.

Desde que comenzara el reinado de la dinastía K, la persecución a los disidentes ha sido notoria y sin cuartel: militares, policías, políticos, periodistas, intelectuales y cualquier ciudadano que se oponga al régimen puede llegar a engrosar la población del GULag K. A pesar de que nuestra Carta Magna hace responsables a los jueces por los padecimientos de los presos, ni éstos ni los políticos que ordenan su encarcelamiento ni los acusadores que provocan los arrestos, son cuestionados por la ciudadanía, que asiste impávida -y las nuevas generaciones casi extasiadas- a los permanentes atropellos a la dignidad humana realizados por los defensores de los “derechos humanos”.

Probablemente, el hoy anciano escritor ruso nunca imaginó que en el siglo XXI, en el cono sur de América, iba a repetirse aquel GULAG de su pasado, ya no en forma de archipiélago sino de isla única, destinada a fogonear el maltrato y saciar el odio de algunos argentinos que siguen viviendo en la violencia ideológica y social de hace 40 años y que -por momentos- pareciera proyectarse indefinidamente en el futuro de la Nación.