2 feb. 2011

LA GRAN DIFERENCIA

LA GRAN DIFERENCIA

Más allá de su moderación en maquillaje, vestido y actitudes, la flamante presidente de Brasil, Dilma Rousseff, marca con Cristina Fernández un notable contraste: poco atril, mucha decisión y mucha más acción.

Despojada de mohines teatrales y cualquier atisbo de soberbia, Rousseff ha dejado en claro desde su discurso al asumir la presidencia que su mayor preocupación como gobernante es terminar con la miseria de su país e intentar sacar de la extrema pobreza a quince millones de compatriotas, pero, al mismo tiempo, evitar que los que ya salieron de ella durante la gestión de su predecesor vuelvan a caer.

Sólo este hecho establece la gran diferencia con el populista partido gobernante en Argentina, cuya razón de ser son, precisamente, los pobres. Si los pobres se terminan, se termina el peronismo, lo que explica las políticas sociales basadas en la distribución -no en la producción- llevadas a cabo en los siete años de la gestión kirchnerista.

Avalando las políticas interna y externa de Lula da Silva pero empeñada en imprimirles su propio sello, Dilma ha redoblado la apuesta por la industrialización, el desarrollo y el autoabastecimiento energético de su país, puntos claves para atraer inversiones y generar trabajo.

Como contrapartida, en Argentina el ministro más poderoso y hombre fuerte de la administración kirchnerista, Julio De Vido, a cargo de la Secretaría de Planificación, es un funcionario “de atril”, con mucho para ocultar (embajada paralela en Venezuela, desabastecimiento y desinversión energéticos, negociados varios) y casi nada para exhibir. El área de transportes es tal vez uno de los temas más escandalosos de su gestión.

De la misma manera, el ministerio de economía argentino está a cargo de un funcionario inepto, que haría mejor en dedicarse a la música o a conducir su motocicleta importada de alta cilindrada mientras seduce jovencitas, ya que de eso parece conocer más que de los datos falsos del Indec, de la creciente inflación que nos azota o del desmanejo del Banco Central, por no nombrar las cuestiones más elementales de las ciencias económicas, que parece desconocer totalmente.

La imagen de Dilma se acerca más a la de la ex presidente chilena Michelle Bachelet, ya que estas dos mujeres no solamente jamás se han pronunciado por la cuestión “de género” como una política de estado, sino que, a pesar de haber sufrido en carne propia los duros avatares de los turbulentos años 70, no han tenido intenciones de hacer un uso político de los derechos humanos, el único logro que parece atribuirse la presidenta argentina.

Rousseff, como Bachelet en Chile, parece dispuesta a demostrar que Brasil es un país en serio, sin necesidad de cacarearlo a los cuatros vientos como eslogan de gestión. Dilma se muestra además preocupada por la suerte de sus conciudadanos y con el compromiso asumido de transformar a su país en el líder de la región, respetado por sus importantes avances en todos los campos, político, económico, diplomático, social.

Ésa es, sin duda, la gran diferencia.

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz