2 oct. 2007

Los Miserables

Así intituló Victor Hugo una de sus novelas más famosas, profundo estudio de la naturaleza y del alma humanas y obra maestra de la literatura universal. El protagonista, Jean Valjean, acorralado por la miseria, es enviado a prisión por haber robado un pedazo de pan para poder sobrevivir. Luego de muchos años de injusta y cruel cárcel, Jean se fuga y pide asilo en la casa de un obispo. Tentado por el vicio, intenta robar la platería de su protector, pero es descubierto. Sin embargo, el obispo muestra hacia él una actitud de misericordia y generosidad que cambia para siempre la vida de Valjean. A partir de ese momento se promete a sí mismo convertirse en un hombre de bien. Se establece en un pequeño pueblo y dedica su vida a practicar con su prójimo la bondad que otros experimentaron con él. Esta obra monumental escrita en la segunda mitad del siglo XIX es un retrato de las miserias y las bondades del alma humana, que aparecen en cada individuo de acuerdo a las circunstancias que le tocan vivir, pero resaltando por sobre todas las cosas la capacidad de redención del ser humano, cuando le es ofrecida la oportunidad de volver empezar.

Si tuviéramos que comparar a los personajes de esta tragedia -donde la desesperación originada en la injusticia social es el rasgo dominante que, a juicio del autor, los convierte en los merecedores de tal epíteto- con los integrantes de la casta dirigente argentina, no sería difícil reconocer quiénes son los miserables -telúricos- del siglo XXI, los verdaderos miserables por su incapacidad para redimirse a pesar de la miríada de recursos con que han sido bendecidos.

Haciendo una escala de miserables en la política nacional, el primer puesto correspondería al presidente y su esposa, insensibles, ambiciosos en el mal sentido, despilfarradores e incitadores a la división y a la violencia social. El segundo puesto, inmediatamente después de la pareja presidencial, correspondería al ministro de Salud, Ginés González, ferviente mentor de la cultura de la muerte con su apoyo indisimulado a cualquier aborto presente y futuro, su repartija indiscriminada de preservativos y su pertinaz negligencia hacia los más necesitados del sistema de salud; en tercer lugar se sitúa el ministro de seguridad bonaerese, León Arslanián, que mientras descansa en un lujoso hotel de Palm Beach, sostiene que los argentinos tienen una “sensación de inseguridad” que, como la sensación térmica, es más producto de la imaginación de los ciudadanos que de la realidad. El cuarto lugar lo ocupa el jefe de gabinete Alberto Fernández, cuya función es mantener vigente la mentira oficial, a toda costa, de forma que se vuelva “creíble”: en Argentina no hay inflación, entre tantas, tantas otras mentiras.

La interminable escala de miserables de la política argentina, sujetos sin posibilidad de redención debido a su propia decisión, nos lleva a esperar que la ciudadanía, que ha dado tantas muestras de raciocinio en los últimos meses, demuestre con su voto el próximo 28 de octubre que “los miserables”, estos miserables que han destruido la república, que ambicionan el poder por el poder mismo, que no entienden que la función pública significa exactamente “servicio a la comunidad”, no tengan cabida nunca más en la dirigencia de nuestro país.